"Agua turbia"

Espectáculos

Tras las remakes y secuelas de «Ringu» (más conocida como «The Ring»), y aun sin haber visto sus películas, hasta el espectador menos familiarizado con el cine de terror tiene idea de que Hideo Nakata es un director japonés que está nutriendo seguido a Hollywood. Lo curioso, en este caso, es que para la remake de «Honogurai mizu no soko kara» (más conocida como «Dark water», el mismo nombre de lo que aquí se estrena como «Agua turbia»), se haya elegido a un director tan alejado del cine de género como el brasileño Walter Salles, autor de «Estación Central» y «Diarios de motocicleta», que hace así su debut en Hollywood.

Tal vez, la respuesta se encuentre en el mismo Nakata, un cineasta que renovó las viejas historias de fantasmas con toques netamente contemporáneos, equilibrando lo real y lo fantástico, como para que ambas cosas provoquen miedo por igual. Salles privilegia los miedos reales, y en eso acierta.

Una joven mujer llamada Dahlia (excelente Jennifer Connelly) no sólo tiene que enfrentar a un ex marido con serias posibilidades de arrebatarle la tenencia de la pequeña hija de ambos, sino que el único lugar que puede pagar para mudarse con la niña es un departamento ruinoso de un monoblock en un barrio deprimente. Pronto, una creciente mancha de huhacenmedad en el techo se revelará como algo más que un de por sí pesadillesco problema de plomería, mientras la niña empieza a hacer cosas extrañas relacionadas con la repentina aparición de una «amiguita imaginaria».

Pese a que los peligros reales que se ciernen sobre
Dahlia están excesivamente «reforzados» (sus ausencias y migrañas producto de una infancia desgraciada justifican los recelos del ex marido, y también del espectador, sobre el estado de su mente), esos detalles sirven para mantener el suspenso sobre lo que realmente está pasando. Por eso, este film puede verse como un thriller psicológico razonable, en el que Salles exhibe, además, su habitual buena mano en la dirección de actores. Tanto Connelly como Tim Roth y John C. Reilly un trabajo impecable y, por una vez en el cine de Hollywood, un personaje infantil (la expresiva Ariel Gade) no resulta insufrible. Pero a la hora del mero terror, Salles pierde, ante todo en comparación con el contenido estilo Nakata. En su defensa se puede decir que el problema está en el guión de Rafael Yglesias que explicita lo que en Nakata era sugerencia, miedo latente, sobriedad y, sobre todo, silencio. Por lo demás, Salles paga bastante dignamente su derecho de piso hollywoodense. Ojalá con esta cuota sea suficiente.

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