29 de mayo 2003 - 00:00

Análisis correctamente manejado por Washington

Análisis correctamente manejado por Washington
«El triunfo del espíritu» («Antwone Fisher», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: D. Washington. Int.: D. Washington, D. Luke, J. Bryant, S. Richardson.


La historia de Antwone Filsher (deformación créole del nombre Antoine) tenía todos los elementos para seducir a Hollywood: un joven soldado negro de la marina americana, violento y pendenciero pero, en el fondo, muy desprotegido. Una agresión cuyas raíces hay que rastrearlas en la orfandad y el dolor. Cuando una corte de asuntos internos lo condena por haber golpeado sin razón a un camarada, lo fuerzan a seguir, apenas por tres días, un tratamiento psicoanalítico con un terapeuta naval. Acostumbrado al silencio y el gruñido antes que a la humillación de hablar de sí mismo recostado en un diván, Antwone, naturalmente, se niega a some-terse a tal procedimiento. Sin embargo, enfrente tiene al doctor Davenport ( Denzel Washington, desde luego), que está acostumbrado a lidiar con marines rebeldes y no con acomplejadas señoritas de Barrio Norte. Mezcla de Sigmund Freud con el Capitán Ahab de «Moby Dick», Davenport encuentra un interés en el caso Antwone F. que excede con mucho el tratamiento de rutina: la desprotección del soldado podría encajar con sus propias carencias; sus dolores coincidir, sus historias aparejarse.

Davenport, de ese modo, no lucha sólo por redimir al paciente del pozo de angustia que no lo deja vivir, sino también iluminar algunas zonas oscuras e irresueltas de su propia vida que, entre otras cosas, podrían estar a punto de poner en peligro su vida matrimonial sin hijos, condenada a una futura disolución.

Pero hay algo más que entusiasmó a Hollywood: el libro de Fisher (él mismo escribió el guión sobre su vida) también es, por sí mismo, una historia de obstinación, de lucha. Postergado durante años, ya sea por editoriales que le cerraron la puerta en la cara o estudios que le «cajonearonn» el proyecto de manera indefinida, cuando cayó en las manos de Washington el actor no sólo lo asumió como una empresa personal, sino que se decidió a dirigirlo él mismo. Y por cierto que lo hizo bien, sin los golpes bajos a los que tanto se prestaba el argumento, y evitando el sentimentalismo excesivo de, por ejemplo, otra película reciente que protagonizó el propio Washington, «John Q.», que también abordaba una historia paterno-filial.

«El triunfo del espíritu»
podría haberse inclinado hacia ese lado, pero el tono elegido, sobre todo en los tramos finales, los de las revelaciones y reencuentros más traumáticos, evitan con plausible moderación, con regis-tros medios y contenidos, el desborde emotivo. Más allá del indiscutible oficio de Washington, los actores debutantes Derek Luke, como Fisher, y la espléndida Joy Bryant, como su sufrida novia, completan los aciertos de este drama.


M.Z.

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