5 de julio 2001 - 00:00

Angelina Jolie, la primera víctima de la cibercultura

Angelina Jolie.
Angelina Jolie.
«Tomb Raider» (id., EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: S. West. Int.: A. Jolie, I. Glen, J. Voight, D. Craig, N. Taylor y otros.

Los romanos veneraban a las vírgenes vestales porque guardaban castidad: las subían a los carros triunfadores, repartían con ellas sus dineros, les consagraban templos y las adoraban como a diosas. La belleza de esas vírgenes no era asunto humano. A su manera, también aquél era un mundo virtual aunque no mediaran teclados, pantallas ni embotamiento, sino la pura imaginación.

Hollywood, quién lo hubiera dicho, que durante tantos años fue Babilonia, emprende ahora contra el erotismo la batalla que ya le ganó al tabaco y a otras tantas debilidades de la carne. Para ello cuenta con un planeta al alcance de la mano, el de la cibercultura con sus adoradores y adictos, para el que se ha puesto a fabricar a medida sus propias vestales, sus reinas vírgenes y asexuadas.

Angelina Jolie es la primera. A quienes, por edad, no conocieron a Ornella Mutti en sus años de esplendor, no hace falta explicarles quién es Lara Croft. A los que sí la conocieron hay que decirles que Lara Croft, heroína de un juego de video que en el cine encarnó en Angelina (labios recién estrenados, más carnosos; pechos turgentes, mirada felina) tiene la belleza de Ornella pero el andar pendenciero de Sylvester Stallone y el sex appeal de un cyborg, esa extraña criatura mezcla de humano y máquina.

«Tomb Raider», desde su título, que es el mismo que el del videojuego, sustituye el sexo de Indiana Jones («Raiders Of The Lost Ark») por el de una mujer sin más sexo que sus exuberantes atributos exteriores, por los que ningún hombre en el film demuestra la menor debilidad: todos están cumpliendo una misión. Pese a sus labios amenazadores, el único beso que da Lara es a un muerto, bajo el agua, y con fines terapéuticos. Que el hombre resucite no es milagro de Lara, sino de un cierto conjuro del tiempo. Ese tiempo que hace ganar puntos y juegos suplementarios.

Lady Lara vive en una mansión que heredó de su padre, Jon Voight -sí, también el padre en la vida no virtual-, a quien perdió cuando tenía ocho años. De haber vivido más, de todos modos, tampoco lo habría disfrutado demasiado: a Mr. Croft le llevaba mucho tiempo la tarea de salvar al mundo, y esa es la misión que lega a su hija junto a la mansión, un valet amorfo y un nerd idiota que la asesora en computación.

Lara, mientras tanto, hace acrobacias aéreas, practica combate y tiro con una cucaracha gigante de metal (escena que abre el film), y se prepara para luchar contra los «Illuminati», secta comandada por el malvado Lord Powell, por la posesión de la parte perdida de un triángulo mágico que debe volver a unirse, para liberar al mundo de una amenaza apocalíptica.

Electra electrónica, Lara cumple con la misión de su padre al pie de la letra, mientras la dispendiosa producción la lleva a territorios exóticos (templos camboyanos, glaciares en Islandia), con el único fin de ambientar escenas que bien pudieron ser rodadas en estudios o generadas en la PC, lo que habría sido más fiel aun al espíritu inspirador de esta película herida en el humor, naufragada en el suspenso y muerta en la emoción.

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Adiós Angelina», cantaba Joan Baez en los '60. «Las campanas de la corona fueron robadas por bandidos/Debo seguir el sonido, el retintín del triángulo...». Cuarenta años después, la que se marcha tras el triángulo es Angelina, pistolas a los costados, venus vacía, cara de nada. La cultura cyber.

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