Ya hubo una Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina. Surgió en noviembre de 1941, Riobamba 423 fue su primera sede (donde después estuvo la famosa distribuidora de cine arte Artkino), y curiosamente la impulsaron dos críticos que querían hacer algo por afuera del Estado y de los negociados, y la arruinaron los propios directores de cine, cuando se amigaron excesivamente con el poder de turno. Los impulsores fueron Manuel Peña Rodríguez, de «La Nación» (que aparece saludando en una de Gardel), asimismo creador del Primer Museo Cinematográfico Argentino, e Israel Chas de Cruz, fundador del mítico «Heraldo del Cine».
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Ambos habían sido corresponsales en Hollywood, y de ahí trajeron el modelo, a fin de ayudar a jerarquizar las distintas ramas del oficio. Nuestro cine vivía entonces un sostenido crecimiento, colocaba sus productos en todo el mercado popular hispanohablante, y además iba captando al público de clase media, que hasta entonces le había sido desdeñoso. Se comprende entonces el atractivo que a nivel profesional y social tendría la entidad.
Aquí, sus primeras autoridades: el director Mario Soffici (presidente), Peña Rodríguez (vice), Chas de Cruz y el laboratorista Connio Santini (secretarios), el actor Sebastián Chiola, los libretistas Ulises Petit de Murat y Hugo Mac Dougall, y los directores Alberto de Zavalía, Sebastián Naón, y Luis César Amadori (junta de gobierno). Entre sus propósitos se destacaba el estímulo al «estudio, experimentación, debate y practica» de cada rama, «la valorización de las contribuciones del cinematógrafo a la cultura y la conservación del régimen democrático» (recuérdese la época), y también la imprescindible relación entre academia y museo, algo que el estatuto de la nueva entidad no parece contemplar explícitamente (dicho sea de paso, le falta una buena pulida, incluso para corregir unos cuantos «a el» y «de el», so pena de ser reprendido por la Academia de Letras).
En aquel entonces, el contacto con Hollywood no fue para señalarle alguna candidata, porque todavía no daba Oscar al mejor film extranjero, sino para hacerla interceder ante el gobierno norteamericano, que estaba bloqueando la llegada de película virgen al país. En ese sentido, la Academy cumplió, no así el subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos, un tal Summer Welles, que prometió lo que no pensaba cumplir.
Quien cumplió fue otro Welles, el joven Orson, que en abril de 1942 vino a presenciar la primera entrega de premios de la Academia Argentina (que, ella sí, desde el comienzo dio premios a la mejor extranjera). El pobre debió soportar como un señorito ingles que su película «El ciudadano» saliera segunda, atrás de una de John Ford (que un año antes ya le había ganado el Oscar a la mejor película), pero la pasó bien, según testigos de la boite adonde concurrió más tarde. Otros premios fueron para Amelia Bence, y las debutantes Mirtha Legrand y Maria Duval, que ahora, como mínimo, deberían ser socias de honor.
La historia de la vieja academia es bastante sabrosa, y va desde los reclamos públicos contra las prohibiciones de «El gran dictador» y «El cuervo», hasta la institución de un premio con figura de cóndor, que más parecía un águila del Tercer Reich. Y con ello, la aplaudida presencia de Juancito Duarte y Raúl Apold, que llegaron a presidir los actos anuales, varias veces desarrollados en el restaurante del Hogar de la Empleada, ante el enorme cuadro de Perón y Evita que presidía la sala. Eso sí, después la gente bailaba hasta la madrugada. Ya para entonces, los fundadores se habían retirado, la sede había sido trasladada a Esmeralda 449 primer piso, y el hombre fuerte de la Academia era Amadori. El detalle no es que también ganara premios (¿cómo restarle meritos a « Almafuerte» y «Dios se lo pague»?), sino que en 1955 él y la Academia quedaron pegados al peronismo. Y ahí terminó todo, al menos durante 49 años. P.S.
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