«West-Eastern Divan» Orchestra. Director: Daniel Barenboim. Prog.: obras de Mozart, Mahler y Wagner. (Teatro Colón). 9/8.
El proyecto más ambicioso y altruista de los emprendidos últimamente por Daniel Barenboim es la formación de una orquesta sinfónica integrada por jóvenes músicos israelíes y palestinos. El organismo, que acaba de presentarse en el teatro Colón gracias a las gestiones del Mozarteum Argentino para su ciclo de conciertos, se denomina West-Eastern Divan Orchestra, es decir, el diván de Oriente y Occidente, tomado de una colección de poemas de Johann Wolfgang Goethe.
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Definido por el mismo Barenboim como un proyecto metapolítico, la orquesta constituye un esfuerzo de integración sostenida por música de calidad. Con la dirección del maestro argentino-israelí, la juventud de sus integrantes no empaña el alto nivel profesional a la que ha llegado la orquesta.
En el el programa del lunes, Berenboim estructuró un programa con Mozart y Mahler. No acordada coincidencia con el primer programa de la Orquesta Filarmónica de Israel, que termina de actuar en el Colón y aunó a ambos músicos en su presentación argentina. la apertura fue con la Sinfonía Concertante para cuarteto de vientos y orquesta en Mi bemol mayor, KV. 297b, de Mozart, que sonó magníficamente con el relieve de cuatro soberbios solistas en oboe, clarinete, fagot y corno. Las distintas secciones de la «Divan» mostraron su plenitud musical, consecuencia de una preparación rigurosa y una búsqueda emotiva permanente.
La segunda parte del concierto se ocupó con la Sinfonía N° 1, en Re Mayor, de Gustav Mahler. Aquí Barenboim demostró una vez más que es una de las mayores autoridades en el repertorio mahleriano. La valorización de las texturas sinfónicas y de los volúmenes, el fraseo de cada instrumento y la búsqueda de una totalidad expresiva lo colocan un un sitial de privilegio. Su orquesta de la paz rindió con Mahler sus mejores resultados gracias a los magníficos crescendos, que culminaron (como en el final de la Sinfonía) en una explosión sincrónica y con los bronces tocando teatralmente de pie.
Fue tal la ovación y el clima emocional provocado que Barenboim y sus músicos agradecieron con un bis: el «Preludio y muerte de amor», de «Tristán e Isolda», de Richard Wagner. En este caso, la significación del pasaje era doble: no sólo por la belleza de la partitura sino, desde luego, por tratarse de un músico discutido en Israel, y cuya ejecución por parte de músicos israelíes (como el propio Barenboim haría explicíto al día siguiente, durante el homenaje en el Senado), es a su entender otra vía hacia la paz.
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