28 de octubre 2002 - 00:00

"Arte povera" con invitado político

Arte povera con invitado político
El escenario que eligió el vicecanciller de Italia, Mario Baccini, para hablar sobre los proyectos de intercambio cultural con Argentina y los nuevos acuerdos de cooperación, fue la Fundación Proa de la Boca, donde desde la semana pasada se exhibe la muestra de Mario Merz, uno de los padres del «Arte povera» (algo así como si el canciller Carlos Ruckauf se diera una vuelta por el Museo del Barrio en Nueva York, donde ahora exponen varios argentinos, para presentar los convenios culturales con EE.UU.).

Al atardecer, frente a los ventanales desde los que se divisa el Riachuelo y el puerto de Buenos Aires hoy abandonado, Baccini repasó la historia de inmigración italiana que desembarcó en «ese barrio medio genovés», como lo define Edmundo de Amicis. Así inició el diálogo, conectando ese pasado con la actualidad, con «el respeto y el apoyo que hoy merecen los argentinos que llegan a Italia».

En la salas, el despliegue del arte pobre de Merz, el arte de la indigencia, que realizado con materiales precarios se contrapone al promediar la década del '60 a la celebración del consumismo y la sociedad tecnológica, fue el punto de partida para hablar de la crisis. En este escenario perfecto, Baccini, que surgió de la empresa a la política en la Comuna de Roma y cultiva un estilo distendido, recorrió la exposición, observó con detenimiento «un arte que se conecta con los problemas sociales» y dijo sin rodeos: «El gobierno de Italia procura darle una mano a los argentinos».

Se sentó a conversar y destacó que la promoción de los valores culturales es fundamental para el desarrollo general de su país, que debe servir para transformar la imagen de Italia, para que esa tierra de gente «simpática», además sea tenida en cuenta como «confiable».

Entre los asistentes estuvieron Adriana Rosemberg, directora de Proa, Sergio Einaudi de Techint, Giorgio Guglielmino, agregado cultural de la embajada y los directores de los institutos italianos de Cultura de Argentina y Brasil, que no eludieron temas polémicos, como el enfrentamiento del gobierno de Silvio Berlusconi con la comunidad cultural a raíz de su propuesta de privatizar algunos de los 4.200 museos italianos y de vender parte de los tesoros artísticos.

•Proyectos

Baccini señaló que la legislatura está tratando una serie de proyectos que apuntan a brindarle «funcionalidad» a los museos y que «se estudian leyes que permitan un mayor acceso a la gente que quiera frecuentarlos». El argumento que esgrimieron los directores del MoMA, el Prado, el Louvre, el Museo Británico y el Guggenheim, entre otros, para oponerse al proyecto aduciendo «que el patrimonio cultural italiano tiene importancia primordial para el mundo entero», fue el mismo que utilizó Baccini para explicar la necesidad de buscar aportes privados que ayuden a preservar «un patrimonio que pertenece a la humanidad», pero cuyo mantenimiento depende de las arcas del Gobierno.

De este modo relativizó las posiciones extremistas de su propio partido y de quienes opinan que los bienes artísticos susceptibles de ser vendidos ascienden al triple de la deuda pública italiana.

El público porteño conoció el «Arte povera» hace dos años, cuando el Museo de Bellas Artes exhibió una excelente exposición de
Jannis Kounellis, pero la obra de Merz que por primera vez llega a Sudamérica, está menos atada a lo sensorial, es más despojada y a la vez más compleja.

Se refiere a las necesidades básicas del hombre, como el hábitat, pero desde una posición filosófica que se expresa en toda la obra (no en vano utiliza la famosa frase de
Lenín: «¿Qué hacer?»). Los iglúes que presenta en Proa, realizados en materiales como vidrio y piedra de La Rioja en el diseñado especialmente para la Argentina, son el signo de la poderosa y elemental demanda de un techo. Sin embargo, más allá del dramático mensaje, la obra se abre a interpretaciones diversas. El iglú de vidrios quebrados está cruzado por la luz azulada de los tubos de neón y depara una sensación más fría que el hielo, pero contiene adentro otro iglú, que como las cajas chinas remite a la idea del infinito. Idea que se reitera en la serie numérica de Fibonacci (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, etcétera) realizada en neón, que se multiplica hasta el infinito al reflejar las imágenes de los números sobre vidrios sabiamente dispuestos sobre atados de diarios, que a su vez remiten a la necesidad de comunicación y al derecho del hombre a la información.

El interés de
Merz reside en la multiplicidad de significados que es posible descubrir en sus obras, que no son explícitas ni ilustran un relato sino, por el contrario, funcionan como estímulo para la percepción, suscitan dudas y reflexiones. Se trata de un artista instruido en el pensamiento europeo que, sobre todo reniega de la obviedad, uno de los peores pecados del arte.

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