El cierre de la exitosa edición de arteBA en el Studio Arenas de La Boca, procuró una alegría especial a todo el mundillo del arte. La escalada vertiginosa y ascendente de las ventas en un mercado en baja pronunciada, demostró que en una Argentina como nunca empobrecida, el arte, lejos de congelarse como un bien suntuario, se consume con avidez. La Feria convocó siempre a los coleccionistas y al sector social que disfruta comprando arte una vez al año. Ahora llegaron los compradores ocasionales; arteBA cumplió 30 años y ya es una marca. Desde luego, la mudanza de La Rural de Palermo a La Boca, implicó un cambio significativo, los stands se achicaron, pero se valoraron el montaje y las obras de primer nivel. Los galeristas apreciaron el cambio: los stands de La Rural que habían pagado entre 20.000 y 25.000 dólares, les costaron alrededor de 7.000 dólares en La Boca.
El comprador ocasional se sumó este año a la exitosa arteBA 2021
Hubo cambios notables que no solo incluyeron la mudanza a La Boca sino la llegada de las nuevas generaciones y el fin de cierta burocracia de años.
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ArteBA. Hernán Salamanco, pinturas sobre metal de carteles callejeros.
Además, arteBA se salvó con esta Feria de una caída al abismo que parecía inevitable en 2020, luego de la renuncia de la presidenta Ama Amoedo, de sus inestables sucesores y casi toda la plana mayor. Hasta que Larisa Andreani logró atajar la caída. La dimensión de Feria de La Boca recuerda la que hace 30 años fundó Fito Fiterman en el Centro Cultural Recoleta.
No obstante su dedicación absoluta, los fundadores dejaron espacio a las nuevas generaciones y, las grandes ventas, lejos de ser producto del amor al arte, pasaron a estar aseguradas por un engranaje burocrático que desapareció con la pandemia y la crisis. Las empresas privadas financiaban costosos proyectos, mientras el Estado, a través de la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional de la Cancillería, pagaba fortunas para costear el arribo de los visitantes extranjeros y las Adquisiciones de Museos Internacionales. A esas cifras más que generosas se agregaron los viajes indiscriminados al exterior. Hoy, esa arteBA dispendiosa no existe más. Pero no todo fue en vano.
La Tate Modern de Londres compró en arteBA la documentación de época del “Partenón de libros” que Marta Minujín levantó en 1983 para celebrar la democracia. Y al apoyo del gobierno se sumó el trabajo del galerista Mauro Herlitzka, que puso en el territorio internacional a varios artistas argentinos que estaban en la sombra. Minujín, una presencia cotidiana en la Feria, llegó en 2017 con su Partenón a la Documenta de Kassel y, ayer, en la Universidad Torcuato Di Tella le otorgaron un Doctorado Honoris Causa. Carlos Huffmann, Director del Departamento de Arte y promotor de este gesto, observa: “Me parece interesante el modo en que este reconocimiento señalará ante la sociedad que el arte y la cultura son un importante ámbito de creación de conocimiento”.
Sobrevivir la pandemia
La directora de la Fundación Proa, institución que ha presentado exposiciones de las estrellas del arte internacional, miró la Feria con ojos de conocedora y dijo: “Me gustó mucho. Me pareció muy interesante la escala y la propuesta era muy concentrada. Esto permite tener un buen panorama de lo que está pasando, desde lo histórico hasta lo más actual”. Las galerías ofrecían una excelente selección de obras, esfuerzo que no pasó inadvertido. Cecilia Duhau no escatimó los elogios. La galerista Orly Benzacar realizó su balance. “La feria me pareció buena. Había mucha necesidad de juntarnos y de presentar una buena oferta. A nuestro sector la pandemia le pegó muy duro. A mí me fue muy bien en la Feria y me hubiese ido mucho mejor en un lugar menos alejado. Hay que ajustar varias cuestiones operativas, pero claramente, ese lugar es mágico, uno siente que está en Manchester, Glasgow o Brooklyn”. Benzacar agregó entonces que, arteBA antes del cepo del dólar, recibía 50% de galerías extranjeras y no podría exhibir ni un alfiler más en el Arenas. En Vasari, con una vuelta al criterio curatorial presentaron una muestra retro. Las pinturas de Juan José Cambre, Alfredo Prior y Rafael Bueno, pertenecían a la añorada década del 80. Luego, las flores fue un tema que se multiplicó en distintas galerías y, entre ellas se destacaban en Smart, las bellas pinturas de Hernán Salamanco.
La selección del Barrio Joven no ostentaba las mismas cualidades, salvo las excelentes pinturas de Laura Ojeda Bär y Elisa O’Farrell. El programa de performance presentó obras estupendas, como la de Julia Padilla. Pero motivó la protesta de los católicos y el disgusto de muchos. Un artista columpiándose sobre un rosario utilizó la cruz para masturbarse. Y la autora de unas bellas abstracciones, anticipó: “Yo vengo del Parakultural, donde las provocaciones más extremas no perdían la condición artística. Esta performance me pareció lamentable, sin talento ni creatividad”. El curador estaba distraído. Y en tiempos electorales, la víctima fue el ministro de Cultura porteño, un sponsor más de la Feria.
El Programa de Charlas Andreani, de Audiovisuales Zurich, junto a un ciclo de música en vivo, completaron un encuentro donde faltó un bar para sentarse y festejar, aunque según afirma el operador cultural Julio Suaya, “esta Feria fue un espacio necesario para todos los amantes del arte”. La presidenta de la Asociación Amigos del Museo de Arte Moderno, Inés Etchebarne, analizó el programa de recepciones y comidas fuera de la Feria. “Los ambientes distendidos, sin pretensiones ni excentricidades, posibilitaron un buen network. Los coleccionistas estaban casi todos. aunque varios están offshore impositivamente”.
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