(20/06/2001) Los West aparentaban ser una familia normal. De origen muy humilde y con una numerosa prole por criar, Fred y Rose evitaban todo contacto social. Pero eso no impidió que la policía, siguiendo una serie de indicios sobre malos tratos y abusos de menores, terminara allanando su casa en busca del cuerpo de Heather, la hija mayor de los West, desaparecida en misteriosas circunstancias. En febrero de 1994 toda Gran Bretaña se vio sacudida por un hallazgo macabro. La policía había descubierto en la vivienda de Cromwell Street los restos de la joven y de ocho mujeres más. Luego de secuestrar abundante material pornográfico y diversos instrumentos de tortura, la Justicia ordenó demoler la casa. Luego de secuestrar abundante material pornográfico y diversos instrumentos de tortura, la Justicia ordenó demoler la casa.
El escritor Gordon Burn realizó un minucioso relevamiento del caso y optó por describir los hechos desde una óptica muy cercana a la de Fred, un albañil adicto al trabajo y obsesionado por la pornografía, la construcción y reparación de edificios y el desmembramiento de cuerpos femeninos. Burn procuró emular el circuito mental del asesino organizando su narración en base a su gusto por el detalle, la repetición y a su tendencia al caos y la fragmentación.
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«Felices como asesinos» se inicia con el retrato de Carole Raine, la única víctima que logró sobrevivir a las sádicas ceremonias de los West, a la que nadie creyó. Pero es el autor quien se ocupa de prestar su voz a los sin voz, mostrando las horripilantes experiencias por las que pasaron jóvenes y niños (incluidos los hijos de Fred y Rose). Su rol es imparcial, no juzga a los criminales ni se conduele por las víctimas, deja que los hechos hablen por sí mismos.
Un exhaustivo recorrido por la vida de esta siniestra pareja le permite relevar sus traumas de infancia, su obsesión por el sexo (en su veta más perversa) y las crecientes anomalías de su rutina familiar. Los testimonios de las víctimas dan cuenta, a su vez, del alto grado de sometimiento y entrega al que puede llegar un niño en manos de un adulto perverso. Sin embargo, en este racconto de uno de los casos policiales más escalofriantes que se hayan visto, Burn no llega a lucirse como narrador. Su novela presenta una estructura caótica que, por más deliberada que sea, en muchos tramos parece estar pidiendo un buen trabajo de edición. Además, la desordenada repetición de datos y episodios morbosos termina resultando tediosa y corre el riesgo de anestesiar la sensibilidad del lector. Burn no es Truman Capote. No exhibe el talento ni la agudeza que éste mostró en «A sangre fría» (su gran novela non fiction) o en cualquiera de los reportajes que hizo en la cárcel a diversos asesinos. De todas maneras, la historia que narra Burn es tan sórdida y enigmática (gente que tortura, mata y abusa sexualmente de sus hijos por pura diversión) que, a su mane-ra, no defrauda. Es un auténtico paseo por el infierno.
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