7 de junio 2002 - 00:00

Augusto Ferrari: una asombrosa revelación

L a muestra «Panoramas-Cuadros-Iglesias Fotografías», del arquitecto y artista plástico Augusto César Ferrari que se inauguró ayer en el Centro Cultural Recoleta, constituye un verdadero descubrimiento. Organizada por sus hijos Susana y León Ferrari (también un notable artista), ha sido pensada como un homenaje a un fiel representante del espíritu renacentista.

Ferrari
nació en 1871 en Italia, se graduó de arquitecto en la Universidad de Génova y estudió pintura en la Academia Albertina de Torino. Antes de trasladarse a la Argentina en 1914 fue un conocido retratista de la nobleza italiana y expuso, entre otras importantes ciudades, en París, Roma, Londres y en EE.UU.

Como ayudante de su maestro Giacomo Grosso realizó el «Panorama de la Batalla de Maipú» encargado por el gobierno argentino en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo. Una vez en la Argentina (donde se radicó tras declararse la primer guerra mundial), el «Panorama de Messina Destruida, de su total autoría, no pudo ser expuesto por cuestiones burocráticas.

Los «panoramas», aunque realizados en bastidores entelados, eran pinturas murales hiperrealistas de 2000 metros cuadrados que generalmente representaban paisajes, episodios históricos, ciudades, batallas que el espectador en su entorno de 360° observaba desde una plataforma central. Se originaron en Inglaterra en tiempos de la Revolución Francesa; de gran éxito en Europa reemplazaron a las tradicionales tapicerías de los salones de palacetes y hoy es considerado el arte por antonomasia de la Revolución Industrial.

En 1916 se le encomendaron a Ferrari los «panoramas» de las batallas de Salta y Tucumán, y en 1928 el de la fundación de Bahía Blanca, que lamentablemente no han sido conservados, pero se cuenta con el registro fotográfico completo, que ahora se expone.

La vasta obra de Augusto Ferrari cuya vida se extendió casi un siglo -falleció en Buenos Aires en 1970- comprende pintura de caballete, desnudos, audaces para la época, paisajes, vistas de Venecia, flores, escenas de familia, con la ayuda de innumerables fotografías. Estas fotos, que para él eran sólo una herramienta de trabajo, constituyen hoy un legado importante que exhibe un aspecto lúdico de su quehacer como en el caso de las «Bodas de Caná», donde posa disfrazado de personaje bíblico junto a su esposa Susana Celia del Pardo a quien conoció poco tiempo después de llegar a Buenos Aires.

En 1927 construyó el claustro de Nueva Pompeya y en los años siguientes inició una serie de iglesias y capillas en Córdoba: «Sagrado Corazón de los Padres Capuchinos» (1928/33), «Nuestra Señora del Huerto» (1931), «La Merced» (1936); las iglesias de Villa Allende (1932/34), Unquillo (1930) y Río Cuarto (1969). También en Villa Allende construyó una decena de casas entre las que se destacan «La Cigarra» y «El Castillo». Otras construcciones religiosas de Alta Gracia, Argüello y La Calera ostentan su estilo combinatorio de elementos distintos de columnas, los colores de los materiales, en los recovecos de los espacios arquitectónicos.

En la década del '60 trabajó en la supervisión arquitectónica y dirección de obra de la Abadía de los Benedictinos en Buenos Aires y la restauración de los cuadros por él pintados en 1922 de la iglesia de San Miguel y quemados en 1955.

Esta exposición rescata del olvido a un sorprendente y ecléctico artista, testigo del surgimiento de importantes ismos de la historia del arte y cuya visión abarcadora le permitió desarrollar una fructífera labor. Durante la muestra, que cierra el 30 de Junio, se presentará un libro con textos de
Fernando Aliata, Roberto Amigo, Luis Felipe Noé y Luis Príamo que ayudarán a conocer su obra.

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