4 de octubre 2001 - 00:00

Avatares de la TV

(03/10/2001) La TV «reality» no le da tregua al sufrido espectador de televisión (esto es algo bueno para que la gente vaya más al cine, dicen algunos, o para que lea más libros, como opinaba Groucho Marx). Pese a que empezó el sábado, recién pasada la media noche del lunes se pudo palpar la verdadera dimensión de lo que va a ser «Reality reality», el ciclo de Azul ideado y producido por Enrique Estevanez que ofrece la posibilidad de espiar la «intimidad» de 16 actores dificultosamente reunidos entre la tropa de reparto de la TV vernácula que, al menos durante 3 meses, no tienen compromisos laborales.

Quien hacía zapping encontró a esa hora a Emilia Mazer (la única actriz del grupo con pretensiones más abarcativas que la televisiva, a tal punto que el año pasado inauguró su propio teatro off con una versión, también propia, de Juana de Arco) tirada en el piso sobre unos almohadones intentando vanamente darle un aire décontracté a su glamoroso atuendo.

El resto, con diverso atavío -«de noche», en general, aunque había jeans entre los más jóvenes-emulaba los extenuantes livings de los reality de desconocidos. Sentados en sillones rodeaban a Edda Bustamante que, entre transparencias, oficiaba de «terapeuta» de la noche, por lo visto una de las consignas a seguir. Después de retarlos por no respetar(la) y transgredir las reglas de «lo que vinimos a hacer aquí» (todos intentaban hablar al mismo tiempo), Bustamante les dio una lección de «profesionalismo, que es lo que espera de nosotros toda esa gente que nos está viendo».

Logrado el silencio general, la improvisada terapeuta quiso saber si cada uno de sus 15 compañeros se enamoraría de alguien que se haya acostado con una persona del mismo sexo. Las respuestas fueron desde un «ni loca» proferido por Sabrina Garciarena (la más joven) a desconcertantes reflexiones sobre el amor de todo el resto. Luego, Bustamante quiso que cada uno dijera «algo negativo» del que tenía a la izquierda, lo que originó todo tipo de eufemismos y disquisiciones sobre que lo que es negativo para unos puede ser positivo para otros, mezclado con citas de Osho y otras lecturas por el estilo.

Tras el no menos curioso «redondeo» terapéutico, empezó el éxodo hacia los dormitorios, donde se vio a Gisela Barreto o Alejandra Majluf haciendo malabares para desvertirse enredadas en sus batas, mientras otras cámaras mechaban los diálogos de los que se demoraban en el living, probablemente por el temor a esos u otros bochornos.

Allí, mientras unos tomaban mate y otros se excedían con el whisky, se pudieron escuchar definiciones sobre el papel del actor en la sociedad, la mayoría de las cuales sonaron a justificación de por qué cada uno había aceptado ese «trabajo» que los obligará a convivir tres largos meses. Juan José Camero (el más maduro y sentencioso) llegó a decir que «si la gente necesita vida, nosotros estamos acá para darle vida». Mazer, entretanto, le explicaba didácticamente al joven Ramiro Blas -que bebía sus palabras-que «nosotros somos artistas, pero artista también es un carnicero o un abogado». A las dos y media de la mañana, whisky en mano, otro novel actor (Octavio Borro) confesaba a quien le quisiera oír que «si quieren verme el culo... y, bueno, yo muestro el culo».


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