5 de julio 2001 - 00:00

"Bajo la arena": bella fábula de una negación

Charlotte Rampling.
Charlotte Rampling.
«Bajo la arena» («Sous le sable», Francia, 2000; habl. en francés). Dir.: F. Ozon. Int.: Ch. Rampling, B. Cremer, J. Nolot, A. Stewart y otros.

Negar la realidad, en el arte, suele ser más beneficioso que en la vida diaria. Los amantes pueden volver a unirse más allá de la muerte, una rústica aldeana puede lucir como una mujer hermosa, el fantasma del padre de algún príncipe puede develar un enigma policial. La negación de Marie, en este lúcido film francés, no carece de explicación clínica, pero es la menos relevante.

Marie (Charlotte Rampling, en su espléndida madurez) está casada con Jean (Bruno Cremer). Son un matrimonio mayor, acomodado y culto, sin hijos, que suele pasar sus vacaciones en la silenciosa costa de Landes, al sur de Francia. Como suele ocurrir tantas veces, un hecho trivial desencadena la tragedia. Están en la playa, a Marie no le atrae demasiado el agua, y Jean le anuncia que va a darse un chapuzón rápido. Ella se queda tomando sol.

Cuando Marie, al cabo de un momento y distraídamente, vuelve su mirada al mar, no ve a nadie. Un instante antes de que el rumor de las olas, el sonido de las gaviotas y el absoluto vacío de la playa irrumpan en ella como el más insoportable peso de la realidad, Marie agota las posibilidades más inverosímiles: que Bruno esté nadando mar adentro, que la corriente lo haya desplazado hacia un sector desde donde no pueda verlo, que haya regresado y esté jugándole una broma.

Más tarde, aunque todas las evidencias de lo que efectivamente ocurrió le jueguen en contra, aunque los peritos de salvataje hayan recorrido una y otra vez la zona con buzos y helicópteros, Marie continuará esperando a Jean. Mucho más aún: seguirá viéndolo en el departamento de ambos, ya de regreso a París, le preparará la comida y le tolerará que ya no la acompañe a las reuniones con amigos y colegas, donde hablará de él en tiempo presente, ante la apenada mirada recíproca de todos.

La negación de Marie en «Bajo la arena», de acuerdo con la forma en que evoluciona el relato, se desentiende de lo que podría haber sido, simplemente, la crónica de una patología alucinatoria, para transformarse en una inteligente ficción que tiene como base la construcción de una nueva realidad. En ella, el espectador es invitado a complicarse con la mirada de la protagonista.

El libro, desde el principio, evita todo camino que pueda conducir a verificaciones cómodas: a Jean no se lo ve ahogarse, Marie no está loca; su suegra desliza, en diálogo áspero, la posibilidad de que su hijo haya huido con otra mujer; Marie descubre un pasado de depresión en Jean (tomaba psicofármacos a sus espaldas); el amante que finalmente termina aceptando ella jamás logra desplazarlo; ni siquiera algunas evidencias que, más tarde, encuentra la policía, contribuyen con la sospechosamente esperada meta de verificar la realidad más evidente. Y ése, parece señalar el director
François Ozon, es el fin del cine: negar respuestas, plantear preguntas.

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