30 de enero 2001 - 00:00

Bellas Artes exhibe joyas artísticas del siglo XIX

El beso de Rodin.
"El beso" de Rodin.
Más de un centenar de pinturas, esculturas y dibujos de arte europeo y argentino del siglo XIX se exhibirán desde el 6 de febrero en el Museo Nacional de Bellas Artes.

A partir de la primera mitad del siglo XIX, el espíritu de libertad dominó todas las áreas del pensamiento y de la creación estética. Frente al Neoclasicismo, expresión artística del racionalismo ilustrado del siglo XVIII, surge el Romanticismo, arrollador y vital, que exalta al hombre y a la naturaleza.

La pintura romántica gira alrededor del sentimiento y se interesa por la intimidad del ser humano y por los misterios de la vida. En el paisaje, los artistas románticos ven una síntesis del mundo que los rodea y una señal de lo infinito.

Las historias del arte insisten en denominar «paisaje romántico» al de Constable, Turner y Lawrence, y por extensión, al de Corot. Sin embargo, el amor a la naturaleza profesado por el Romanticismo no alcanza para definir con este término a pinturas típicamente realistas o naturalistas, salvo las obras del último Turner, señaladas por una especie de abstracción impresionista que nada tiene de romántica.

El interés de Corot y de los artistas de la Escuela de Barbizon es la naturaleza como realidad, noción que Courbet extenderá a todos los hechos y objetos de la realidad (esto es, a la realidad como naturaleza), coincidiendo con el realismo literario inaugurado por Honoré de Balzac en la década de 1830. Son, en suma, pintores naturalistas: eso sí, ajenos a todo verismo. Se trata de actitudes diferentes: no copian lo que tienen por delante, sino lo trasponen, en diversos grados de propuestas.

Pero en esta recuperación de la naturaleza, ha de verse, además, el doble rechazo a la ciudad moderna, al poderío económico y la injusticia social, y al centro del academicismo y la regresión artística.

Sus estampas campestres carecen todavía de significado ideológico, aunque haya quien perciba en ellas un sentimiento nacionalista. Y es aquí donde puede advertirse un cierto sesgo romántico, si bien es verdad que lo pastoril importa una recusación de la industria, afincada en las ciudades, y una identificación, que se hará patente con
Millet, de la agricultura y la ganadería con la riqueza material y moral del país, con su tradición.

Théodore Rousseau
es casi un místico, pero con los pies en la tierra. Su pintura es impetuosa, arrolladora, encendida por la clara luz del día o abrumada por los tonos oscuros del atardecer y la noche. Los árboles son emblemáticos en las telas de Rousseau, quien trabaja en medio de la naturaleza, por sucesivos golpes de observación, volviendo una y otra vez al sitio elegido, y tomándose años para ejecutar muchos de sus lienzos, que, sin embargo, exhiben a menudo esa aparente (o verdadera) falta de terminación, reprochada aun por sus admiradores.

De este período se incluyen obras de
Jean-Baptiste-Camille Corot (1796-1875), Jean Francois Millet (1814-1875), Gustave Courbet (1819-1877), Auguste Rodin (1840-1917), Antoine Bourdelle (1861-1929), y el ya resueltamente académico William Bouguereau (1825-1905).

El último cuarto del siglo XIX inaugura otra etapa histórica: la revolución impresionista, caracterizada por realizaciones transformadoras. Los artistas modifican para siempre la representación artística heredada del Renacimiento. El Impresionismo es un grupo sin escuela, un movimiento sin programa y ante todo una coincidencia de actitudes: la de quienes se oponen a la postura académica e intentan reflejar los aspectos instantáneos y cambiantes de la realidad, especialmente en términos de pura luz.

Frente a la sugestión fantástica y literaria de los románticos y a la estructura intelectual de los naturalistas, en el paisaje impresionista vibra la sensualidad y la libertad. Pero no sólo pintan la nieve sobre los senderos campestres o las aguas irisadas por el sol. También, artistas como
Degas y Renoir se adentran en la vida urbana, en la que descubren un mundo nuevo que abordan en los bulevares, los teatros, los cafés y los bailes.

Se presentarán obras de Ignace Henri Fantin-Latour (1836-1904), Edouard Manet (1832-83), Camille Pissarro (1830-1903), Edgar Degas (1834-1917), Alfred Sisley (1839-99), Claude Monet (1840-1926), Auguste Renoir (1841-1919), entre otros.

En la octava y última muestra impresionista (1886), sólo participaron dos de los miembros del grupo originario,
Degas y Pissarro. Pero por intercesión de este último, exhibieron artistas que no adherían ya al Impresionismo, como Paul Gauguin, Odilon Redon, Georges Seurat y Paul Signac (estos dos últimos categorizados como puntillistas).

Sintetismo

Gauguin plasmó un estilo que él denominó «sintetismo», basado en la utilización de colores planos y la neta demarcación de los contornos internos, tomada de los vitrales. También se apartaron de la influencia impresionista Vincent van Gogh y Henri de Toulouse-Lautrec quienes, junto a Gauguin y al Cézanne de 1880, fueron calificados con la denominación meramente cronológica de «postimpresionistas», por el crítico inglés Roger Fry, en la muestra organizada en Londres en 1910.

De estos años de transición, podrán verse obras de
Paul Gauguin (1848-1903), Odilón Redón (1840-1916), Vincent van Gogh (1853-1890), Toulouse-Lautrec ( 1864-1901), Joaquín Sorolla (1863-1923).

En la muestra también estará presente el arte argentino de esa centuria. Si bien se consideraba un narrador histórico y como tal se lo tuvo durante décadas, Cándido López (1840-1902) fue uno de los más creativos y originales artistas de la América latina en el siglo XIX.

Carlos Morel
(1813-1894) es el primer artista que da cuenta, en sus pinturas y litografías, de las gentes y lugares del país (en su caso, de Buenos Aires y de la campaña cercana). Pero la obra de Morel se extiende por un breve período de diez años (1835-1845). En Prilidiano Pueyrredón (1823-70) encontramos al artista establecido y reconocido.

Más adelante, entre 1883 y 1893, volverán de Europa los creadores que han de institucionalizar el arte argentino, un proceso que tiene su símbolo en la fundación del Museo Nacional de Bellas Artes (1895), por el pintor y crítico
Eduardo Schiaffino. Dos de ellos son Eduardo Sívori (1847-1918) y Ernesto de la Cárcova (1866-1927).

En París,
Sívori había abrazado el naturalismo social: «El despertar de la criada» (1887) así lo demuestra; De la Cárcova, en Turín y Roma, se empapó del verismo cotidiano: «Sin pan y sin trabajo» (1893) es su obra emblemática. Pero tanto Sívori como De la Cárcova se inclinarán lentamente hacia formulaciones pictóricas y temáticas más cercanas al Impresionismo.

Quienes tomaron desde el comienzo las banderas del Impresionismo, bajo la influencia de
Martín Malharro, son pintores como Fernando Fader (1882-1935) y Valentín Thibon de Libian (1889-1931). Si aquel ha de concentrarse en el paisaje cordobés y sus gentes, después de bordear ciertos códigos siguiendo a los artistas españoles (como en «Los mantones de Manila», 1914), Thibon, a la manera de Degas, optará por el mundo del teatro y el circo.

La muestra incluye también obras de
Carlos Enrique Pellegrini (1800-87), Angel Della Valle (1852-1903), Eduardo Schiaffino (1858-1935), Lucio Correa Morales (1852-1923), Rogelio Yrurtia (1879-1950) y Martín Malharro (1865-1911), entre otros. Una síntesis de la producción de las artes visuales en Europa y la Argentina del siglo XIX.

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