22 de enero 2002 - 00:00

Bellas Artes expone obras de Miguel Roca

La Biblioteca Jesuitica del Museo Universitario de Córdoba recuperada por Miguel Roca
La Biblioteca Jesuitica del Museo Universitario de Córdoba recuperada por Miguel Roca
(22/01/02) El arquitecto Miguel Angel Roca (1942) se graduó en 1963, en la Universidad Nacional de Córdoba, y desde que abrió su estudio en 1971, ha mantenido una permanente actividad profesional y docente en el país y el exterior.

En Filadelfia, durante los años 1967-68, fue discípulo y colaborador de Louis Khan cuya arquitectura se ha caracterizado por las formas básicas geométricas y el tratamiento de la luz. En su conferencia de la IX Bienal Inter-nacional de Arquitectura de Buenos Aires Roca mostró facetas importantes de su intervención profesional de los últimos años y actualmente expone maquetas de sus obras en el Museo Nacional de Bellas Artes.

La renovación de edificios la ejemplificó con su sensible intervención en la Biblioteca del Maestro del Palacio Pizzurno, obtenida por concurso. La misma calidad arquitectónica demostró en el Museo de la Biblioteca Jesuítica del Museo Universitario, en el espacio del Rectorado de Córdoba. En vitrinas austeras, la Biblioteca aloja miles de volúmenes de su colección histó-rica y de los ejemplares rescatados de la Biblioteca Nacional.

Las salas mantienen bóvedas coloniales pero Roca eliminó una boiserie de principios de siglo XX, boiserie de gusto afrancesado muy común en los edificios públicos europeos.

Roca
rescata el estado primigenio del muro y en él puede leerse la historia de su construcción, siguiendo las intervenciones de Plecnik en Praga o de Jordi Garcés en el Barrio Gótico de Barcelona (las mostró hace tres semanas en la Bienal de Buenos Aires). Lo original no es la actitud sino la atmósfera y la calidad final.

Valor histórico

Roca había iniciado estas intervenciones en edificios de valor histórico, ya hace veinte años, en los Centros Culturales y el Paseo de las Artes, en Córdoba. Luego llevó a cabo la restauración de las fachadas del Centro Histórico de La Paz, distinguida con el Gran Premio de la IV Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires.

La Facultad de Derecho fue premiada en la Bienal de San Pablo 2000, en sus dos etapas: la primera, que rescató y puso en valor la vieja Casa Cabezón; y la última que toma la vieja Droguería Bulasio en la calle Independencia. En las aulas perpendiculares al Pasaje en Planta Baja, logra una verdadera obra minimalista. La conjunción de vidrio, aluminio y piedra, genera una atmósfera única de diálogo entre modernidad y tradición. Estas obras están a la altura de las mejores propuestas de restauración de Europa y han sido reconocidas en numerosas publicaciones internacionales.

Esta labor ha sido completada en la Ciudad Universitaria, con la Escuela de Ciencias de la Información, y la Escuela de Artes, funcional y expresiva, con sus galpones fuertes como dise-ño y económicos en recursos. También es importante destacar el Auditorio de la Facultad de Psicología, en cuya cubierta ha realizado un excelente manejo de la luz natural.

Si bien
Roca dialoga con los directores de Escuelas y Departamentos, que fijaron los programas, sus obras son en todo momento, respetuosas del usuarioestudiante. Las Facultades de Ciencias Económicas, Odontología y las Escuelas de Medicina ponen en evidencia el trabajo de un arquitecto racionalista, que estructura un texto de la Ciudad Universitaria, donde el verde termina de articular lo nuevo con lo viejo (1950-65).

Varios miles de nuevos árboles armonizan el paisaje natural y lo construido en una composición global: naturaleza, arquitectura, patrimonio edilicio y nuevas obras. Con sus obras de rescate del Centro Histórico y su trabajo generador de tejido urbano en la Ciudad Universitaria,
Roca completa un fecundo periplo. Para él, la ciudad es una sola y debe ser recobrada, a fin de devolver su asentamiento a la «sociedad urbana», extraviada «en la marginalidad y la segregación».

Roca
hace suyo el tema del «derecho a la ciudad», sancionado por sociólogos y filósofos, en la década del '60. Pero en verdad, fueron los poetas y los artistas, en el siglo XIX, quienes iniciaron el discurso que iba a desembocar en el «derecho a la ciudad». Ya Spengler alerta («La decadencia de Occidente»), el estudio donde enhebra estas consideraciones, fue publicado entre 1918 y 1922) acerca del desmesurado crecimiento urbano, en especial de lo que denomina «ciudades mundiales», epílogo del desarrollo de los centros urbanos. Es que así, el hombre «cae prisionero de su propia creación, la ciudad y se convierte entonces en su criatura, en su órgano ejecutor y, finalmente, en su víctima».

La arquitectura del argentino
Miguel Angel Roca, quien ve en la ciudad el paradigma de la vida humana y quiere rescatarla entre las tergiversaciones y los daños a las cuales ha sido sometido, coincide con la metáfora de Witt-genstein: busca, por eso, que el lenguaje de la ciudad se integre su habitante, que se humanice, armonizando las pluralidades y pluralizando las armonías.

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