La malvada
Yolanda integra la
galería de
desopilantes
personajes que
despliega Antonio
Gasalla en un
show armado tan
de apuro que más
parece destinado
al espacio under
que al Teatro
Maipo.
«Sólo clásicos en el Maipo». Textos, luces, Vest. y Dir.: A.Gasalla. Int.: A. Gasalla y S.Borrás. (Teatro-«Maipo»)
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"¿Saben quién soy? Sí, porque me aplaudieron". Con esta ironía, Antonio Gasalla inicia un extenso monólogo sobre la realidad argentina bastante más osado y mordaz que los que suele ofrecer en la pantalla chica, un medio que cada tanto lo margina o bien lo relega a un solo personaje como ocurre con «la Vieja» en el programa de Susana Giménez.
Felizmente, tantos años de televisión no han hecho mella en su gran dominio del escenario; Gasalla exhibe el mismo espíritu combativo y aquella comicidad «cruel» de sus primeros tiempos de café concert. Su crítica a los políticos, artistas -y a todos los argentinos en general- adquiere una particular eficacia gracias al clima de complicidad que genera este show. Gasalla «en vivo» puede decir todo lo que piensa del gobierno y de los partidos de la oposición sin ningún tipo de condicionamiento ni presiones de rating. Y aunque a veces abuse de un lenguaje de grueso calibre, sus observaciones son tan ingeniosas que resulta imposible contener la risa.
El resto del espectáculo está dedicado a sus personajes más célebres: la Empleada pública; Soledad; la Muda; Yolanda (una malvada que se hace pasar por paralítica) y la Vieja, más conocida como Mamá Cora luego de su participación en la película de Alejandro Doria «Esperando la carroza». El actor también interpreta a «la Muñeca», una siniestra criatura de trapo que se rebela contra su dueña. Pero este personaje, creado en los '70, requiere de un armado previo con arneses que lo hace poco apto para un espectáculo tan austero como éste.
No es la primera vez que Gasalla se presenta en Buenos Aires con un montaje ideado para sus giras (sin escenografía y con un solo partenaire en escena); pero como él mismo se ocupó de aclarar ante periodistas, su súbita aparición en el Maipo fue una estrategia del productor Lino Patalano para superar el bache económico que dejó el fallido musical «Rita la salvaje».
Sin embargo, por más que el actor despliegue su talento al máximo y haga reír a la platea sin interrupción, no logra disimular la pobreza franciscana que domina el escenario. Sin un dispositivo escénico que enmarque cada número o que al menos sugiera una decisión estética afín al minimalismo el show de Gasalla parece destinado a un espacio under y no al teatro Maipo, antigua sede de la Revista porteña.
Un comediante de su nivel merecería algo más que un correcto partenaire como Sebastián Borrás, encargado de soportar, entre otras cosas, los desplantes de la empleada pública y el acoso sexual de Yolanda. Por más que su público lo ame y acepte sus cambios de vestuario en escena o sus pedidos de apagón cada vez que se coloca una peluca, también extraña sus coloridos shows y quiere volver a verlo rodeado de un buen elenco y sobre un escenario equipado como es debido.
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