Resulta difícil no admirar a Czesaw Jan Bojarski, pese a que su vida haya estado dedicada a la estafa. Y no, no fue un político ni un hacker (lo segundo no existía en su época). “El gran falsificador” (“L'affaire Bojarski”), de Jean-Paul Salomé, relata la historia de un delincuente que fabricó billetes con la perfección de un renacentista, además de las tintas, las planchas, el papel moneda y hasta las filigranas con relieve y marcas de agua. Y lo hizo solo, con una capacidad técnica y una perseverancia inhumanas.
Bojarski, el Cézanne de los billetes falsos
El apasionante film de Jean-Paul Salomé reconstruye la historia de un famoso estafador, sin ocultar la fascinación que provocó el artista solitario capaz de desconcertar durante años a la policía francesa.
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Reda Kateb interpreta al famoso delincuente Bojarski en "El gran falsificador"
Esa contradicción entre el delito y el arte es el corazón de la película, así como lo fue su persona, en Francia y más allá de sus fronteras, cuando después de muchos años de persecución fue cazado por un inspector de policía que, también él, lo admiraba. Como a la mayoría de los artistas, lo vendió el ego: sus billetes habrían sido tan indistinguibles de los verdaderos si no se hubiese empeñado en “firmarlos”: les imprimía una marquita imperceptible pero que los laboratorios no tardaron en detectar.
Bojarski había nacido en 1912 en Lancut, Polonia y llegó a Francia durante la Segunda Guerra Mundial. De aquellos años datan sus primeras falsificaciones: pasaportes para refugiados o perseguidos. Después de la guerra se ganó la vida como pudo hasta que un conocido mafioso, sabedor de su técnica, le encargó la primera falsificación de billetes.
Fue así como, a comienzos de los cincuenta, empezó a fabricar moneda falsa. El 6 de enero de 1951 la Banque de France detectó uno de sus billetes de mil francos. En una redada policial, donde murió su jefe y varios cómplices, él salvó la vida de milagro, escondido en una trampa en el sótano. Desde ese entonces, para evitar riesgos, se convirtió en solista.
Durante trece años aparecieron falsificaciones cada vez mejores, hasta los célebres 100 nuevos francos Bonaparte, que el gobierno francés puso en circulación como una forma de desafío, ya que afirmaba que eran infalsificables. En el film, el primer Bonaparte Bojarski le llegó en un sobre al jefe de policía, con una dedicatoria de artista.
Los especialistas creían que detrás del delincuente debía de haber una organización con varios técnicos y equipos costosos, pero Bojarski hacía personalmente desde la pasta de papel (la base eran las hojas para envolver cigarrillos más otros elementos) hasta la impresión, y viajaba por toda Francia colocando los billetes mediante compras pequeñas. Fue detenido en 1964 y condenado a veinte años de cárcel, que terminaron siendo doce por buena conducta. La calidad alcanzada era tal que, según la institución, éste fue el único caso en que reembolsó falsificaciones porque el público no tenía medios suficientes para distinguirlas de los billetes verdaderos. "El gran falsificador", protagonizada por Reda Kateb, no es exactamente una biopic, ya que hay elementos de ficción que se mezclan con los datos reales de su vida, pero que funcionan muy bien a los fines dramáticos.
Hay un antecedente que viene a la memoria: la película alemana “Los falsificadores” (“Die Fälscher”, 2007), de Stefan Ruzowitzky, contó otro caso verdadero, aunque en un contexto y con fines diferentes por parte del protagonista. Salomon Smolianoff, otro falsificador famoso, era un judío cautivo por los nazis y obligado, en el campo de concentración de Sachsenhausen, a participar de la Operación Bernhard. El régimen había reunido a 142 prisioneros con antecedentes de falsificadores para fabricar libras esterlinas capaces de pasar por auténticas, con el objetivo de inundar de billetes Gran Bretaña y desestabilizar su economía. Y el maestro, de todos ellos, era Smolianoff. Luego trataron de hacer lo mismo con los dólares estadounidenses.
La diferencia moral con Bojarski es absoluta. Smolianoff falsificaba porque la alternativa era la muerte. En “Los falsificadores”, la pregunta es hasta dónde se puede colaborar con el verdugo para sobrevivir. Bojarski no tiene esa coartada. Nadie lo obliga y ninguna causa política ennoblece su delito. Falsifica para ganar dinero y porque la perfección se vuelve una necesidad personal y una batalla vanidosa contra la Banque de France y la policía.
Kateb compone un Bojarski seco, reservado, a veces rudo con su mujer. No interpreta la inteligencia mediante gestos de genio, sino que ésta se advierte en la técnica y la concentración. Siempre con un pucho en la boca, vemos sus manos, los ensayos, los errores y las correcciones de su procedimiento. Cuanto menos explica Bojarski lo que siente, más importa lo que hace.
Del otro lado está el comisario Mattei (Bastien Bouillon), inspirado en el verdadero Émile Benhamou de la crónica policial. Como diría Borges en sus juegos de paralelismos, el falsificador y el detective comparten una misma obsesión, cada uno necesita que el otro sea excepcional para justificarla.
El guion fuerza ese paralelismo con libertades justificadas. La conversación entre Mattei y Bojarski en el bar del hotel de Vichy, cuando el policía aún ignora la identidad del falsificador, nunca ocurrió (el director admitió que la inventó para emular el enfrentamiento de Pacino y De Niro en “Fuego contra fuego”). La infidelidad de Suzanne (Sara Giraudeau), esposa de Bojarski, no está documentada (es la invención menos justificada del libro). Y Anton (Pierre Lottin), amigo y finalmente cómplice de Bojarski, condensa a dos allegados distintos que terminaron por dar una primera pista, involuntariamente, del falsificador.
La producción trabajó con archivos de la Banque de France y documentación técnica; esos materiales permitieron reconstruir el taller, las máquinas y diversos planos del film. Incluso algunas imágenes periodísticas fueron rehechas a partir de documentos auténticos, como una doble página de “Paris Match” de 1954, en la que se lo bautizó (término que pasaría a la historia), como “el Cézanne de la moneda falsa”.
En los títulos de cierre se ven imágenes documentales del auténtico Bojarski filmadas por la policía después de su arresto, durante una reconstrucción. La justicia aún dudaba de que un solo hombre hubiese podido realizar todo el proceso y lo obligaron a demostrar cómo trabajaba. Ningún cartel de “basado en hechos reales” podría producir el mismo efecto: lo que a muchos espectadores podría haberle parecido una exageración era real.
Según el film, tras el arresto de Bojarski, tanto los EE.UU. como la URSS (era plena Guerra Fría) reclamaron a Francia al falsificador para que trabajara con ellos, pero De Gaulle se negó a conmutarle la condena. De acuerdo con fuentes históricas, fue la propia Banque de France la que lo pidió para que trabajara con ellos.
Antes y después de su muerte, hubo varias subastas de los “Napoleón Bojarski” falsos, Hace tres años, se vendió un par de esos billetes, de idéntica numeración, en 17.500 euros.
“El gran falsificador” (“L’affaire Bojarski”, Francia, 2025). Dir.: Jean-Paul Salomé. Int.: Reda Kateb, Bastien Bouillon, Sara Giraudeau.
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