Cada vez que lo creyeron acabado, Marlon Brando sorprendió con una nueva creación, como su soberbio don Corleone de «El Padrino».
Todo el fin de semana, diversos canales internacionales le dedicaron bloques de homenaje. Aunque ya daba pena, y muy poco más se esperaba de Marlon Brando -cuanto mucho, una enésima aparición de despedida, brevísima, carísima, y autoparódica-, su muerte sorprendió en todo el mundo. Es el primero de los grandes galanes del Actor's que se va, y ha sido también el más grande, o, si se quiere, el más intenso.
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Alguien recordó haberlo visto en sus comienzos, como partiquino de una obrita de teatro infantil donde hacía su pequeña parte con tanto sentimiento y manejo de la expresión, que llegaba a brillar por encima de los protagonistas. Otros pocos evocaron su debut en cine, como el lisiado de «Vivirás tu vida» que rechaza cualquier resignación. La mayoría, desgraciadamente, solo conocía sus papeles más cercanos, por ejemplo el psicólogo de «Don Juan de Marco», y los penosos dramas policiales de dos de sus hijos. Peor todavía, alguien, en un noticiero argentino, anunció su muerte como la «del conocido actor, padre de Superman»... Un papel alimenticio, registrable sólo por haber cobrado un millón de dólares cada minuto de presencia en pantalla.
Con Stella Adler, Piscator, y luego Lee Strasberg, como maestros, la actuación fue el único templo al que se dedicó de lleno, con absoluta entrega, y también con egocéntrico y estudiado dolor. Pocos como él, para transmitir el dolor reflexivo, existencial, irónico, de un hombre soberbio, de una vibración casi animal, que tiene todas las cartas para ganar, pero demasiada sensibilidad como para usarlas sin sentirse afectado.
Citemos, por ejemplo, al piloto de guerra que vuelve de una nueva incursión en «Sayonara». Al abrir la carlinga, su rostro está desencajado. «Maté a un hombre», dice, como para sí mismo. Su ayudante le observa que todos los días mata a uno, o más enemigos. «Sí, pero a éste lo vi de cerca», replica ensimismado, casi monocorde, y el público siente toda su aflicción moral, sin que haya necesidad de más palabras. Cuando filmó esa película, Marlon Brando todavía era hermoso, y miles de espectadoras, y cientos de actrices, estaban dispuestas a consolarle de cualquier pena. Pocas, sin embargo, pudieron aguantarle sus desplantes, sus antojos, sus agresiones, su placer de humillar sin necesidad a quien se le acercara. Como tantas veces ocurre, ante el dolor ajeno el actor era menos sensible que sus personajes. Así y todo, como homenaje póstumo, la actriz griega Irene Papas sorprendió estos días confesando a un diario italiano haber mantenido una larga relación sentimental con él y haberlo amado «como a ningún otro hombre»,
Tampoco los productores y directores tuvieron por qué soportarlo, una vez pasada su primera juventud, la de «Un tranvía llamado deseo», «El salvaje», «Nido de ratas», o «Los dioses vencidos», a los que aportó un nuevo tipo de héroe, bastante tortuoso y algo más realista que los habituales de ese entonces en Hollywood. Siempre trataron de amoldarlo. Se envició fácil, y empezó a trabajar de Brando sin mayor esfuerzo ni nuevos aportes, pero nunca se amoldó del todo.
Cada vez que lo creyeron acabado, sorprendió con una nueva creación: el sufriente maldito de «El rostro impenetrable», el sheriff contra su propia comunidad en «La jauría humana», el intrigante británico de esa lección de historia que es «¡Queimada!», el desequilibrado americano en Paris de «Ultimo tango...», y, por supuesto, don Corleone y el coronel Kurtz, de «El padrino» y «Apocalypse Now», a cuyo rodaje ya llegó tan gordo que F.F.Coppola debió amoldarle iluminación y texto.
Después de eso, de ese nivel sólo cabe anotar sus diez minutos como abogado defensor en «Cosecha de odio», de la martiniquina Euzhan Palcy, una morochita que fue, además, la única mujer capaz de dirigirlo. Y punto.
Al fin, cuando ya nadie lo aguantaba, y tras reírse de sus ex amores en un libro de memorias, empezó a humillar su propio cuerpo, manteniendo inútilmente orgullosa la cabeza. El resto es historia reciente. Pudo quedarse en su atolón de los mares del sur. Pudo ser grande también como persona. Terminó dando lástima. Pero difícilmente haya otro actorazo como él, en muchos años.
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