21 de junio 2001 - 00:00

Briski reitera una molesta verborragia

Briski reitera una molesta verborragia
Humberto, el protagonista de esta historia podría haberse escapado de algún cómic o de alguna de esas comedias retro-futuristas tipo «Delicatessen». Es un individuo común, de esos que pasan inadvertidos, lo que lo transforma en un especimen curioso es su sorprendente habilidad para convertir una de las oficinas que limpia en su nueva vivienda.

Dando vuelta un escritorio puede aparecer una cama, de una pequeña compuerta en el piso puede emerger una cocina, hasta un dispositivo contra incendio puede convertirse en una ducha en cuestión de segundos. Gracias a este hogar clandestino, Humberto (convincente actuación de Carlos March) puede permitirse soñar con un futuro mejor, empezando por su casamiento con Marta, una avasallante quiosquera de origen polaco a la que Mirta Bogdasarian le brinda un oportuno toque de delirio.

«Rebatibles»
puede ser leída como una tragicómica metáfora sobre nuestro país o «un arca de Noé de nuestra república» como la ha definido Norman Briski, su autor y director. Lo cierto es que este oscuro microcosmos -en el que dos seres desamparados creyeron poder reiventar un paraíso-termina demolido por la cruda realidad.

Junto a la pareja protagónica pululan otros seres más ambiguos como el contador judío (Marcelo D'Andrea) obsesivo y charlatán hasta lo insoportable y Walter ( Diego Leske) un custodio, violento y fascista, que termina disparando contra un inocente. En su desamparo cada uno de ellos intenta sobrevivir conforme a sus habilidades, algunos esquivando la ley del más fuerte, otros amoldándose a ella.

Para subrayar ese pasaje de la institución oficina al refugio privado, Briski rodeó a sus actores de una desbordante parafernalia escénica -un ascensor, una cocina a gas, una gigantesca aspiradora a control remoto y una serie de dispositivos-que los obliga a estar pendientes de su funcionamiento y armado. El «comportamiento» de estos aparatos produce un efecto desconcertante en el público, mezcla de fascinación y de cierto temor de que algo no funcione.

Fuera de que Marta y Humberto son los personajes mejor delineados, la obra carga con demasiadas disgresiones que le quitan fuerza al conflicto central. Muchos de los monólogos (especialmente los del contador) caen en una verborragia desmedida y no parecen aportar nada sustancial al entramado de la obra. Una mayor condensación de personajes y situaciones valorizaría en su justa medida los contenidos de esta original pieza que vale la pena conocer.

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