5 de septiembre 2005 - 00:00

Buen elenco para una pieza desactualizada

«El pan de la locura» luce envejecida, pero la nueva versiónatrae gracias al parejo elenco que lideran Alejandro Awaday Ana María Picchio, y a la puesta y marcaciones de LucianoSuardi.
«El pan de la locura» luce envejecida, pero la nueva versión atrae gracias al parejo elenco que lideran Alejandro Awada y Ana María Picchio, y a la puesta y marcaciones de Luciano Suardi.
«El pan de la locura» de C. Gorostiza. Dir.: L. Suardi. Int.: A.M. Picchio, A. Awada, E. Liporace, Gabo Correa, Osmar Núñez, Sergio Boris y elenco. Coreog.: D. Szeinblum. Ilum.: M. Sendón. Mús.: U. Conti. Vest.: M. Banach. Esc.: O. Puppo. (Teatro Regio.)

El conflicto ético que plantea esta pieza de Carlos Gorostiza, escrita en 1958, encuentra un rápido correlato en la Argentina de hoy, donde la desidia de ciudadanos y funcionarios suele derivar en hechos lamentables de los que luego nadie quiere hacerse cargo. Con su mensaje sencillo y directo, la obra apunta a que el espectador se identifique con los personajes, padezca sus mismas dudas y finalmente tome conciencia de que la responsabilidad individual no es algo que pueda soslayarse.

La sospecha de que una partida de centeno esté contaminada por un hongo venenoso genera un estado de alarma entre los obreros de una panadería. El patrón (imponente presencia de Enrique Liporace) niega el problema, aunque sabe que esa harina no es fresca, por lo tanto sus empleados prefieren hacer la vista gorda. Pero ante la insistencia de Mateo (un jovencito recién incorporado a la panadería) y el apoyo de Juana (Ana María Picchio), la resignada mujer del patrón, el tema comienza a funcionar en todas las conciencias como un auténtico punto de clivaje que obligará a que cada uno tome una decisión.

Las pequeñas vidas que confluyen en torno a este episodio, encarnadas con refrescante expresividad por Gabo Correa (Garufa), Osmar Núñez ( Badoglio) y Sergio Boris (José), son apenas coloridas viñetas de época. Ni siquiera el vínculo que nace entre Juana y Antonio (uno de los personajes mejor delineados de la obra) tiene la fuerza del conflicto central, centrado en lo ideológico.

La puesta de Luciano Suardi -de refinada ambientación- se despega del clima sudoroso y febril de una típica panadería generando un espacio mucho más etéreo, en donde tres empleados amasan el pan « coreográficamente» y entre nubes de harina. Estas son imágenes que, además de evocar una alienante cadena de trabajo, parecen flotar en la memoria. Suardi ideó un espacio íntimo con la clara intención de privilegiar las emociones de los personajes, en lugar de recrear ese ambiente de rudo trabajo físico y atracción erótica que sugiere el texto.

La aparición de Mateo (conmovedora labor de Emiliano Dionisi) es uno de los momentos más logrados y también el más difícil debido a la intensa espiritualidad que transmite este personaje. Complace encontrar un elenco de nivel tan parejo, sobre todo cuando la pieza elegida acusa el paso de los años como ocurre en este caso. Sólo resta destacar el convincente desempeño de Alejandro Awada (Antonio) que además de llevar la obra sobre sus espaldas derrocha ternura y simpatía.

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