24 de abril 2008 - 00:00

Burman asimiló bien a Allen y a Fellini

Oscar Martínez es el escritor que afronta sin mucho entusiasmo la curva de la vida y Cecilia Roth, su mujer, en «El nido vacío», placentero film de Daniel Burman con inspirados ecos de Woody Allen y de Federico Fellini.
Oscar Martínez es el escritor que afronta sin mucho entusiasmo la curva de la vida y Cecilia Roth, su mujer, en «El nido vacío», placentero film de Daniel Burman con inspirados ecos de Woody Allen y de Federico Fellini.
«El nido vacío» (Argentina-España, 2008, habl. en español y hebreo). Guión y dir.: D. Burman. Int.: O. Martínez, C. Roth, A. Goetz, I. Efron, R. Richter, E. Capizzano, J.P. Noher.

De ceja levantada, un escritor (Oscar Martínez) afronta la curva de la vida, sin ninguna gana de escribir, harto de sentirse invadido y/ o desplazado, medio celoso de su mujer que retomó los estudios, bastante enganchado con la dentista jovencita, y del todo fastidiado con la idea de tener un yerno, consecuencia lógica, sin dudas, de las andanzas nocturnas de la hija. Encima le pasan también otras cosas. «Con la edad...», dice la odontóloga, mientras se acerca y él mira su piel suave, tan al alcance de la mano (después veremos esa mano, ya un tanto rugosa, sobre las pecas juveniles).

¿Que películas semejantes ya se vieron? ¿Que el diseño visual, los ambientes, el nivel de vida y las preocupaciones de los personajes, el seguimiento del objeto de deseo por la calle, acompasado por ciertos toquecitos musicales, recuerdan un poquito a Woody Allen (Michael Caine en «Hannah y sus hermanas», por ejemplo)? Sí señor, ningún problema. Y cuando el seguimiento empieza a llevar el compás del Bolero de Ravel, atención, que nos vamos a acordar de Federico Fellini (Marcello Mastroianni en «La ciudad de las mujeres», otro ejemplo). Mejor dicho, un toque Fellini a la manera Allen. Mejor, todavía: un toque Daniel Burman, que ya vio Allen y Fellini y, en vez de pasar impunemente a algo nuevo, los asimiló como es debido y nos hace un lindo regalo, una comedia sentimental que pueden disfrutar los de 40 para arriba, pero también los hijos que empiezan a ver a sus padres como unos desubicados con pretensiones de seguir en la lucha. Excelente, no cabe otra palabra, toda la escena inicial, con primeros planos de comensales alrededor de la mesa de un restaurante, fragmentos de conversaciones, piano al fondo, el protagonista que todo lo observa sin hablar (y cuando va a hablar, la mujer lo «interpreta»), más al fondo un piano que se va imponiendo, un cuerpito atractivo que se va destacando, y otro observador que se interpone. Un psicólogo, dicho esto en el triple sentido académico, gracioso, y popular del término.

Muy buenos también los diálogos, y los intérpretes, a todo lo largo del film, los apuntes de un viaje a Israel, en cuyo Mar Muerto se puede flotar sin esfuerzo, mientras otros mares en la vida nos obligan a bracear sin detenernos, y, antes aún, muy bueno el modo en que la historia nos va llevando engañados, gratamente engañados, según descubriremos casi al final. Y es que no siempre vemos lo que vemos, como nuestro personaje no siempre recuerda las anécdotas igual que su mujer. Pero bien le dice alguien en la película, «Si no podemos recordar lo que vivimos, por lo menos podemos recordar lo que hubiéramos querido vivir». Quizá de ahí se agarre el hombre, para no hundirse. O se hunda peor, o le pase otra cosa. Unicos reclamos, un momento en que la historia parece que no sabe por dónde ir (después comprenderemos que no es tanto la historia, sino el personaje), y la falta de subtítulos en una canción francesa que por ahí se oye, lo cual puede dejar alguna gente afuera del chiste. El resto es francamente placentero, en especial Eugenia Capizzano, que ya había sido vista en una película del Bafici, pero no tan bien vista.

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