4 de junio 2003 - 00:00
"Busco explicar lo político a partir de la conducta sexual"
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Gilad Atzmon
Periodista: ¿Planeó su novela como mezcla de sexo y política?
Gilad Atzmon: «Guía de perplejos» es la falsa autobiografía de Gunther Wanker, un israelí descendiente de judíos alemanes que desea ser un héroe sionista, morir en la guerra. Pero, al fin de su adolescencia, conoce a una mujer, hace el amor por primera vez, y desarrolla afecto por su cuerpo, sobre todo por las partes que sobresalen (ríe). Descubre al sexo como una de sus principales motivaciones. Curiosamente, se vuelve misógino, no sabe como enfrentar a las mujeres, a las vez que le encantan y las necesita. Salvo en eso, es un hombre de suerte. Cuando se hace soldado se dispara en un pie, por terror a entrar en una batalla. Días después despierta en un hospital con una condecoración al valor en la guerra.
P.: Casualmente, se vuelve, a partir de esa sexualidad misógina, en el creador de una nueva disciplina académica.
G.A.: Como no tiene mucho éxito con las mujeres, comienza a utilizar el comercio sexual. Se vuelve experto en burdeles de Europa. Un editor le propone que escriba una guía para turistas deseantes. Se dedica a visitar «peep shows», esas cabina donde, por una ventana, se puede espiar a una chica que se desnuda. Acepta la propuesta del editor y, como es afortunado, el libro para voyeurs supera su objetivo para convertirse en una obra fundamental de una nueva ciencia académica, la «espiología».
P.: ¿Cómo relaciona esto con los político?
G.A.: Se vuelve un académico aclamado universalmente porque comprender los modelos políticos a partir de la conducta sexual. Si ve que se pasan hablando de paz, mirándola como un objeto deseado pero imposible, mientras hacen la guerra, lo explica desde lo masturbatorio. Analiza hechos políticos como shows sexuales. Hay varios niveles de lectura y contar el argumento no sirve demasiado. Creo que me instalé en un género masculino no políticamente correcto. Para mi sorpresa eso entusiasma a las mujeres.
P.: ¿Cómo encontró a su personaje, Gunther Wanker?
G.A.: Comencé por mi mismo, pero a las dos frase apareció lo que Leibnitz llamó «un yo posible». Gunther comenzó a tener sus propios problemas. Cuando comencé a escribir estaba muy metido en estudiar psicoanálisis y utilizaba los modelos lacanianos para interpretar el entorno político. Ocurre que con Lacan uno entiende los fundamentos y las miserias de la condición humana. Se sabe que nunca se llegará a comprender lo definitivo de la propia esencia y eso puede desesperar. Descubrimos que tenemos un demonio interior propio -de esto ya hablaba Platón-que orquesta todo lo que nos va pasando.
P.: El título de su obra proviene del de aquel donde el médico y filósofo judío español Maimónides busca armonizar razón y fe.
G.A.: Por eso estuve por ponerle «Guía para perplejos, versión revisada». Hoy todos estamos perplejos por lo que ocurre en el mundo. Estamos prisioneros de la violencia. Maimónides, con su enorme inteligencia, es culpable de instalar en los judíos la obsesión de ser los elegidos. Por eso hice mi «Guía».
P.: ¿Cómo unió el jazz con la literatura?
G.A.: Fue ocurriendo. Cuando a los 17 años escuché jazz por primera vez a Charly Parker y supe que eso era lo que quería tocar. Me volví bastante bueno, al oírme decían que era «un Bird un poco gordo y blanco». Empecé a ganarme la vida con eso.A la literatura, me ayudó la computadora. Soy disléxico, nadie entendía lo que escribía. Afortunadamente tenía talento para la matemática, eso sirvió para que no pensaran que era un tarado. La computadora me ayudó a graduarme y poder lanzarme a escribir narrativa y ensayo. El proceso de la escritura sirve para alcanzar respuestas internas, es como desatar nudos para que el alma, la psique, quede abierta como una flor.
P.: ¿A quién considera su maestro literario?
G.A.: Es difícil decirlo, uno es sus lecturas. Recuerdo que, a hace años, cuando trabajaba en mi doctorado, encontré «El desayuno de los campeones» de Kurt Vonnegut. Lo devoré. Esa noche me encontré con una amiga y le dije: creo que tengo mi propio idioma, voy a empezar a escribir una novela, y así fue. La primera versión de «Guía de perplejos» me llevó dos semanas, fue como si me deslizara en una improvisación de jazz.


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