15 de septiembre 2004 - 00:00

Cabrera Infante: "El boom fue un invento argentino"

Cabrera Infante se había propuesto concurrir al Congreso de la Lengua en Rosario, pero una delicada operación cardíaca se lo impidió.
Cabrera Infante se había propuesto concurrir al Congreso de la Lengua en Rosario, pero una delicada operación cardíaca se lo impidió.
Aunque convalenciente aun de una delicada operación de doble by-pass, Guillermo Cabrera Infante, el notable escritor cubano radicado en Londres, dialogó ayer telefónicamente con este diario. Desde luego, confirmó que los médicos no lo autorizan a viajar pese a que tenía el propósito de concurrir al Congreso de la Lengua que se realizará en Rosario en noviembre. Al ganador del Premio Cervantes le entusiasmaba la idea de participar en el congreso y, sobre todo, de volver a visitar la Argentina.

Periodista
: ¿De modo que no viene?

Guillermo Cabrera Infante: Desgraciadamente no. Me invitaron, pero bueno, la salud no me lo permite. Estoy muy de acuerdo con estos congresos. Cualquier reunión que tenga como motivo promover la lengua es importante.


P.:
García Márquez produjo un pequeño revuelo académico hace un tiempo, cuando dijo que había que jubilar la ortografía. ¿Usted también quiere terminar con las haches?

G.C.I.: Enfrascarse en una controversia sobre la conveniencia o no conveniencia de la ortografía y de las distintas formas de hablar un idioma es algo vano y vanidoso, lo que importa es la influencia que el habla diaria tenga en los hablantes de ese idioma, y la influencia del español es apabullante. No son los académicos los responsables de la lengua, es al revés: los académicos tienen que responder al interés del hablante.Al idioma no lo crean ni los escritores ni los académicos, lo crea el pueblo que lo habla. Hasta hace un tiempo se hablaba pero no se leía, ahora también se lee.


P.:
¿Está escribiendo?

G.C.I.: No, estoy convaleciente de esta operación muy aparatosa. Eso me hizo interrumpir una especie de memoria autobiográfica que se llama «La ninfa inconstante», y que ha pasado a ser una especie de relato romántico, por las relaciones entre los personajes principales, que son como rezagos adolescentes. Lo último que publiqué es «Todo está hecho con espejos», una recopilación de cuentos, donde hay anteriores e inéditos, como «Una visita de cumplido», cuento que escribí hacia 1968 y que tiene una sorprendente actualidad política. Esa suerte no se tiene muy a menudo. Uno tiende a olvidar o dar una relevancia que no tiene a lo que ha escrito, las dos posiciones son equivocadas.


P.:
¿La televisión va a favor o en contra de la lengua?

G.C.I.: Va muy a favor. Es un gran medio que mantiene actualizado, vivo, al idioma. No entiendo por qué tiene tantos enemigos. Y son, la mayoría, enemigos gratuitos porque si se escarba un poco no ven televisión. Son los remanentes de los que cuestionaban al cine, y después se encontraron con que el cine es una de las fuentes de cultura más importantes. Los críticos de la televisión han heredado todas las manías de los que criticaban al cine.


P.:
Usted no sólo fue crítico de cine sino, además, guionista. ¿Como recuerda su experiencia de «Carrera contra el destino» («Vanishing Point»)?

G.C.I.: «Vanishing point» es un film que siempre aparece por TV y lo curioso es que mantiene una cierta actualidad, eso me ha sorprendido mucho. Ahora van a hacer una remake. No sé hasta qué punto seguirán mi guión, pero tienen los derechos, le han comprado la opción a la Fox. Yo ya he cobrado dinero por esa venta.


P.:
¿Sigue admirando el cine de Hollywood?

G.C.I.: Yo encuentro cierta resistencia en la gente a recordar que siempre ha sido muy importante el aporte de Hollywood, no sólo al cine, a la moda, a la cultura y a la misma vida. Está muy viva esa tradición. El cine que hizo y hace está siempre pensado en términos de público. La gente piensa que Hollywood dicta costumbres, y es al revés: es la vida del siglo la que dicta cómo se hacen las películas, qué temas tienen y que alcance pueden tener. Muchas veces ofrecen una visión fantasiosa, pero siempre coherente.


P.:
¿Sigue yendo al cine?

G.C.I.: Lo veo en su mayoría por televisión. Yo siempre he tenido la dicha de poder ver, como crítico, las películas sin tener que pagar, y ahora la televisión me ofrece lo mismo. Veo películas de antes, de los años '30, de los '40 y los '50, algunas están un poco pasadas. Pero, aun en la moda, que varía tanto, aparece como algo predominante. Esas películas que, cuando se estrenaron, tuvieron gran afluencia de público, fueron criticadas por ser triviales, mero entretenimiento y, sin embargo, hoy permiten contemplar la vida, las costumbres de esa época con mucho interés, como algo que sobresale por encima de las modas o las tendencias. Bueno, además, tenemos esa suerte de contar con videos y DVDs.

P.: ¿Cómo se lleva con los escritores que hicieron el boom?

G.C.I.: Yo nunca estuve en ese grupo porque políticamente no me interesaba. Ellos tenían ideas que me parecían nocivas, por eso nunca intenté asociarme con ellos. Pero, hay gente que me asocia, sin yo tener interés en esa asociación. A ese grupo lo bautizó así, en París, el critico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, y lo tomó después la revista «Primera Plana», que fue la que le dio la difusión que tuvo en los años '60. Así que puedo decirle que el tal «boom» fue un invento argentino.


P.:
Hace bastante que no nos visita...

G.C.I.: Soy uno de los grandes admiradores de la Argentina, y mi admiración no es ni momentánea ni oportunista. Culturalmente, para mí, el centro de la cultura no residía en Madrid sino en Buenos Aires. Todo lo que permitía conocer Buenos Aires era interesante. Basta recordar revistas como «Sur», con su importancia inmensa no sólo en la difusión de la cultura, sino en la creación de cultura. Borges surge porque hay una cultura detrás de él. La influencia de Borges en toda la cultura ha llegado, incluso, al cine. Y por supuesto no estoy hablando simplemente de películas basadas en cuentos de Borges, sino que existen películas que tienen su desarrollo y su final gracias a una solución borgiana.


P.:
¿Qué piensa de la mezcla de géneros en la literatura actual?

G.C.I.: Una de las grandes equivocaciones de la cultura fue dividirla en alta y baja, eso no existe, la literatura es una sola. Se cultiva tanto en las grandes novelas como en las canciones populares o en los comics. Siempre ha habido transmisión de una expresión cultural a otra. Las mezclas de géneros tuvieron en el pasado grandes enemigos, como T. S. Eliot.


P.:
¿Piensa que le van a dar el Nobel?

G.C.I.: ¿A quién? ¿A mí? No, por favor, si no se lo dieron a Borges. El Nobel se dio por primera vez, cuando estaban vivos Chejov y Tolstoi, a un noruego, del que lo único que recuerdo es la dificultad que tenía para pronunciar su nombre. No se lo dieron a Borges y se lo dieron a gente tan mediocre, sin importancia alguna para la cultura y para la creación literaria. Es preferible que no se lo dieran a Borges porque lo asociarían con esos mediocres.


Entrevista de Máximo Soto

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