Al ingresar a la Colección Amalita, los espectadores que frecuentan los museos, se sorprenden. “¿Dónde está el Turner?” preguntan. En su lugar, se divisa un dramático cielo borrascoso, obscuro y atravesado por un rayo con la fuerza de una feroz llamarada. “Tormenta en la Pampa”, la inmensa pintura de Luis Felipe Noé, abre un nuevo horizonte y permite adivinar un cambio de rumbo en la exposición permanente.
Cambia el enfoque de la colección Amalita: Argentina es protagonista
La exposición deleita a los espectadores desde el ingreso. Entre ellas, se destaca “Tormenta en la Pampa”, la inmensa pintura de Luis Felipe Noé.
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La colección Amelita canbia el enfoque artístico.
La Colección Amalia Lacroze de Fortabat, fundada en el año 2008 en el Dique IV de Puerto Madero, permitió conocer, durante casi dos décadas, las preferencias estéticas de una empresaria poderosa que atesoró el arte que le gustaba. La pintura de Turner, con un rayo de sol dorado cruzando la plaza San Marco, se convirtió en una obra de culto, representativa de la devoción argentina por el arte europeo. Pero Roberto Amigo y Leandro Martínez Depietri autores del nuevo guion curatorial, señalan la parte superior de la pintura de Noé, donde, imitando un manuscrito, el artista pintó un párrafo del “Facundo. Civilización o barbarie” de Domingo Faustino Sarmiento, texto revelador de las tensiones y conflictos de la historia argentina.
El estilo de la coleccionista perdura en la exposición, allí está retratada por Andy Warhol. Pero el enfoque de los curadores está dedicado a iluminar el arte argentino. Lo prueba la presencia de la pintura “Acción de Arte” de Ramón Gómez Cornet. Realizada en 1921 por un genuino adelantado en la vanguardia local que, conmovido por la pobreza de la provincia donde nació, Santiago del Estero, abandonó los aires innovadores y se dedicó a retratarla. La muestra, si bien corrige la atribución a Pettoruti como “precursor de la vanguardia”, elude el rigor cronológico. Los saltos en el tiempo a través del recorrido, invitan más bien al diálogo. Para comenzar, la conversación la establecen las obras históricas, los paisajes de Prilidiano Pueyrredón, Jean León Pallière y Henry Sheridan, con la contemporaneidad sensible de Santiago García Sáenz sumada, a la de un escudo de la ciudad de Buenos Aires esfumado por la niebla del artista Jorge Macchi.
Las dimensiones discretas de esta serie de pinturas, trazan una línea del horizonte ilusoria que se continúa a lo largo de una pared y divide el espacio (siempre ilusorio) entre cielo y tierra. Una obra cumbre de Fernando Fader de gran formato, una tropilla con un magnífico caballo blanco que parece guiarla, permite que el ojo del espectador se desplace por el horizonte y llegue hasta los paisajes de la “Pampa gringa”. Allí se encuentra el destino que esbozó Sarmiento al promover la inmigración europea a gran escala (civilización) junto a la integración del territorio a través de una lucha que redujo la población indígena y el gauchaje (barbarie).
Frente a la tormenta de Noé, Léonie Matthis conmemora con “Santa María del Buen Ayre atacada por los querandíes en 1536”, los 400 años de la fundación de Pedro de Mendoza. En este mismo sector está “La cautiva” de Juan Manuel Blanes. Otro ejercicio de violencia pintado con buen oficio en 1880, cuya belleza despierta la llamada “seducción de la barbarie” y, acaso, también, justifica la eliminación del indio. Desde entonces, la oscilación entre la civilización idealizada y la barbarie prohibida se refleja en el arte.
Reunidos bajo el título “Espectro y tormenta”, el “Crepúsculo” de Martín Malharro, los nocturnos de Pedro Figari y Walter de Navazio, la “Escuelita” de Antonio Berni, las “Nubes” de Pío Collivadino y la “Tarde de tormenta” de Marcelo Pombo, ofrecen un sentimiento que se asemeja a la calma. Más adelante en nuestra propia historia, la violencia reaparece con el semblante del horror. Lo anticipa un cielo de luna llena de Marcia Schvartz, artista que pone en evidencia el terror en el lecho de un río de piedras con restos de sangre. La caja de Alberto Heredia es tan breve como elocuente, al igual que la ambigüedad antropomórfica de la escultura de Norberto Gómez. Rómulo Macció encuentra el color y la forma de la tragedia y pinta un rostro escalofriante. En “Ramona espera”, Antonio Berni representa con materiales de deshecho, la pobreza y la marginalidad, factores que quiebran la vida y acaban por arruinarla.
Xul Solar siempre fue una rareza y ocupa el lugar de un visionario que exhibe su magia. Dueño de saberes que Borges admiraba, consolidó esa relación con su inventiva y un inagotable caudal de conocimientos sobre lingüística y filosofía. Así suscitó el sentimiento de “esencial afinidad” que Borges reconoce.
En el edificio de Rafael Viñoly (6.800 metros) la dimensión colosal de la gran sala de 100 metros de extensión, posibilita desplegar de norte a sur la diversidad y el mestizaje del arte argentino. Con una vista privilegiada y el tamaño de una publicidad callejera, las Cataratas del Iguazú de Nicolás García Uriburu, (norte del país) deslumbran al espectador como el resplandor de una marquesina. En el extremo opuesto de la sala (sur) se encuentra el retrato de Ceferino Namuncurá junto a otras obras de Luis Fernando Benedit, artista que investigó la cultura de la población mapuche y tehuelche.
En el medio de la exposición están las islas. Una pintura de Roberto Aizenberg cobra visibilidad, su presencia compite con los dos arlequines de Pettoruti. Mariela Scafati juega con un cuerpo inerte y el cubismo. Unas máscaras de Líbero Badií atraen la mirada. Son “Imágenes siniestras”, dos alto-relieves policromados que ostentan, uno el color y, otro, el oro de América.
Las más de 150 obras del nuevo montaje están organizadas en varios núcleos conceptuales. “Telas americanas” ocupa la antesala con una selección ingeniosa que amplifica la historia del arte textil, considerado como una “artesanía” hasta hace menos de un siglo. Los curadores Amigo y Depetri descubren la atracción que ejercieron los textiles y destacan el lugar que acaparan en las pinturas de Fernando Fader, Lino Enea Spilimbergo o Cesáreo Bernaldo de Quirós. Estos grandes maestros no los tejían, pero los pintaban. El mejor ejemplo es “Zamba”, una pintura donde Antonio Berni reproduce un gran poncho rojo que ocupa casi toda la superficie de la tela. A su lado, una breve frazada de Feliciano Centurión, ofrece la presencia de un textil real. Los textiles actuales, los que hoy abundan en museos y galerías, son de Claudia Alarcón y Gabriel Alarcón.
Entretanto, el afán coleccionista de Fortabat resultó ser hereditario. Y las colecciones privadas de Bárbara Bengolea, Amalia Amoedo y los hijos de Alejandro Bengolea se sumaron con el objetivo de exhibir un panorama significativo del arte argentino. El último capítulo se llama “Sobre el goce” y, justamente, cuando termina la mega muestra, resulta indispensable recordar el placer visual que depara un paseo por la colección Alejandro Bengolea. Allí están las obras de Jorge Gumier Maier (que tendrá una muestra antológica este año), Emilio Renart, Omar Schiliro, Fabio Kacero y una breve instalación de 1994 de Sebastián Gordín, un teatrito y un concierto de cámara. Detrás del piano y la cantante, maravillosamente modelados, hay una gran moneda de 5 centavos. Acaso porque eran los tiempos del uno a uno, Gordín subraya otro episodio de la historia argentina. Y el espectador sale del museo con una sonrisa.
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