11 de agosto 2005 - 00:00

"Caminos a Koktebel"

El moroso viaje de un padre y su hijo del film ruso Caminos de Koktebel puede atraer alos espíritus contemplativos, pero definitivamente no es apto para espectadores ansiosos.
El moroso viaje de un padre y su hijo del film ruso "Caminos de Koktebel" puede atraer a los espíritus contemplativos, pero definitivamente no es apto para espectadores ansiosos.
«Caminos a Koktebel» (Koktebel, Rusia, 2003, habl. en ruso). Guión y dir.: B. Khlebnikov & A. Popogrebsky. Int.: I. Chernevich, G. Puskepalis, A. Steklova, V. Kurucherenko, A. Ilyin, E. Syty, A. Frolovtseva, V. Sandrykina.

Parsimonioso, de planos largamente sostenidos (incluso hasta después que los personajes salieron de cuadro), muy pocos diálogos, grandes vistas de apacibles paisajes rurales, y raros encuadres donde por un buen tiempo lo que más se ve es la nuca del que va adelante, esta «road-movie» de efecto hipnótico gustará ampliamente a los espíritus contemplativos, una vez que el público ansioso haya abandonado la sala. O se haya puesto a dormir.

El relato es deliberadamente pequeño. Básicamente, un hombre y su hijo vagan por los campos, haciendo dedo, colándose en el tren, cumpliendo alguna que otra changa, parando donde no los echen, a lo largo de unos 1.500 kilómetros, con la ilusión de llegar algún día a la ciudad de Koktebel, a orillas del Mar Negro, que por suerte, cuando al fin lo veamos, será azul. A lo largo de la historia el chico tiene varias decepciones, pero por suerte el mar sigue siendo azul. Para entonces ya sabremos que el padre es ingeniero aeronáutico pero no tiene más que lo puesto, ya que la viudez lo empujó al alcohol y éste a la desocupación y el endeudamiento.

Ahora sólo espera encajarle el chico a una hermana que, supuestamente, vive en Koktebel. Sabremos también que el niño ama el vuelo de las aves, y anhela llegar a esa ciudad porque es algo así como la capital ucraniana de los planeadores, pero sobre todo anhela que el padre se reencauce. El detalle es que cada uno tiene sus propios caminos, que a veces se separan.

Hay por ahí otros personajes, en especial una doctora bastante atendible en las afueras de un pueblo, pero eso es lo básico. Vaga pintura de los dolores del crecimiento personal, y del desgajamiento familiar, el conjunto ofrece una particular sutileza, y un tono bajo, incluso en sus pocas escenas de suspenso (el tren arranca y parece que alguien quedará abajo, un borracho armado busca pelea, en fin). Pero eso es casi todo lo que ofrece. Para disfrutarlo se recomienda tener un ánimo contemplativo, y mínimas expectativas.

P.S.

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