Por sobre el canto y la música, el éxito de una opereta vienesa se asienta en el colorido y en la suntuosidad de la puesta en escena. En este sentido, la exhumación de «La viuda alegre» en el Colón cumple hasta más allá de lo esperable; hasta el punto de que, como pocas veces sucede, al levantarse el telón, el público saludó con aplausos a la escenografía, a los trajes y al multitudinario personal que poblaba el amplio escenario, enmarcado en un grácil arco «jugendstil» o «art noveau», inspirado en Mucha, en el legendario y festivo París de comienzos del siglo XX.
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El piso del escenario del Colón está laqueado en negro, con una pasarela como en los teatros de revistas; en el primer acto, vestidos diseñados con incuestionable buen gusto y sombreros sorprendentes, en blanco y negro. Solamente la «viuda alegre» aparece en color rubí; es un vestido espléndido diseñado por Thierry Bosquet en la sastrería de la Opera de San Francisco.
Pero el rojo impera en el tercer acto, entonces la viuda aparece de inmaculado blanco bordado en azabaches. Detalles como los citados, más el pintoresquismo del segundo acto, de inspiración folklórica balcánica, hacen de esta opereta un espectáculo deslumbrante, capaz de cambiar de humor al más preocupado. La profusión de valses, can canes y situaciones «naif», es un antídoto contra el mal humor.
La aristocracia y el «glamour» de Frederica von Stade en el escenario es lo más cercano a la felicidad; su distinción y abolengo crean una atmósfera respirable y de admiración por una verdadera «star». Y no se cuestiona que su registro de mezzo no abarque la tesitura del personaje; lo suple con musicalidad, con dotes de actriz refinada, sonrisa espléndida y aura estelar. Se la recordará siempre, sobre todo si es cierto que está por retirarse.
Por todo lo dicho con entusiasmo, es previsible que el resto del elenco empalidezca a su lado. Excepción hecha de Carina Höxter, que se consagró con su Valencienne y trató de llegar a la altura de la imponente protagonista. Sir Thomas Allen es simpático, tardó en calentar la voz; lo mismo que Paul Groves, recién en la escena del «Pavillon» apareció el tenor prestigioso.
La experiencia de Carlos Feller enriqueció el personaje, evitando el ridículo y rescatando lo humano. El tenor John Hurst parece conocer el género por su desenvoltura, lo que contrastó con la dureza de varios elementos locales, ajenos a la chispa y espontaneidad de la opereta; tal vez, Rosmarie Klingenhagen fue la que mejor supo componer su personaje.
Muy bien el coro; los bailarines siguieron una coreografía previsible, pero ajustada a la época y a la música; vistoso el can-can y «charmant» los valses. Por el foso de orquesta se registraron altibajos, sobre todo en el tercer acto, donde algunas distracciones y desafinaciones no lograron empañar el brillo de la función.
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