3 de julio 2002 - 00:00

"Casarse es un error necesario"

John Updike
John Updike
Boston, EE. UU. - Es el escritor vivo más célebre, premiado, leído y admirado de una irrepetible generación norteamericana. Nacido hace casi 70 años en Shillington, Pennsylvania, Updike es autor de unos 50 libros de ficción ensayo y poesía, donde ofrece una visión puramente americana de los problemas de sus compatriotas. Con su ciclo novelístico «Corre Conejo» (1960), «El regreso de Conejo» (1971), «Conejo es rico» (1981) y «Conejo descansa» (1990) ganó en 1982 y 1991 el premio Pulitzar. Las feministas lo detestan por su novela llevada al cine «Las brujas de Eastwick» (1994).

P.: ¿Qué papel tiene la literatura de ficción?

J.U.: La ficción es un reflejo distorsionado de nuestras vidas. En las novelas la gente es mucho más consciente de sí misma y de los otros que en la vida real.

P.: Sus protagonistas tienen una poderosa vida secreta... ¿Cuánto de ella podría compartir con otros?


J.U.:
La gente cercana se sentiría herida por nuestros deseos. Leemos ficción para descubrir que otros también tienen vidas secretas y así nos sentimos menos solos. Leer a Proust, por ejemplo, es una experiencia muy íntima, porque descubre muchas más cosas de uno mismo que la gente que se encuentra por la calle en la vida real. Es una vivencia mucho más profunda.

P.: Sus personajes se sienten atrapados en la vida que están viviendo, con matrimonios fallidos, ¿la cambiarían si pudieran?


J.U.:
Para muchos el casamiento es posiblemente un error, pero un paso necesario para dejar atrás la familia y construir una nueva vida. Para vivir hay que cometer errores y casi podríamos definir la libertad como la posibilidad de cometer nuestros propios errores. Y cuando uno ha construido su vida de forma errónea y se siente atrapado, se enfrenta a la contradicción de la seguridad o la realización personal. Vivimos en la tensión constante de querer sentirnos seguros y a la vez temer que nuestra vida sea demasiado pequeña...

P.: La relación padres e hijos lo aborda con frecuencia...


J.U.:
¿Cuánto hay que dar a los hijos? ¿Debe un padre sacrificar su propia identidad en bien de sus hijos y darles así una falsa imagen de la vida o de sí mismo? ¿Quieren eso los hijos? Creo que no. En mi generación, en los '60 hubo muchos divorcios y la verdad es que nos olvidamos de las necesidades de nuestros hijos. Esos hijos ahora son más conservadores, se agarran más a sus propias familias, como en la generación de mis padres, a la que la Depresión de los años 30 hizo sentir que la familia era el único lugar seguro ante unas fuerzas exteriores que podían destrozarte.

P.: ¿La edad hace más apto para el amor?

J.U.: Nos volvemos más considerados, más preparados para ver a nuestra pareja como una persona y no como un medio para el éxtasis, pero perdemos esa energía primaria que es la que da fuerza y fascinación al sexo. El sexo no es básicamente cariño y consideración, sino una fuerza natural que saca de las propias fronteras. Uno se vuelve un amante más sutil y amable, pero pierde esa pasión trascendente que es la base del sexo y del amor. Perdemos la excitación de la caza. Conseguir y tener son dos negocios muy distintos.

P.: Usted dice que la sexualidad femenina es un mapa tan difícil de trazar como...


J.U.:
(Risas) ¡El del norte de New Jersey...! A un americano típico le cuesta una vida entera empezar a sentirse confortable con la sexualidad femenina. Supongo que esto se debe a que aún somos una sociedad puritana. Tal vez debiéramos intentar aceptar la sexualidad femenina como una extensión de la amistad con las mujeres. A los hombres nos cuesta aceptar el deseo femenino, porque tenemos que empezar a preguntarnos si seremos capaces de satisfacerlo... da un poco de miedo. En las sociedades patriarcales las mujeres no pedían nada y los hombres se sentían más seguros.

P.: ¿Qué sería si no fuera escritor?

J.U.: Siempre quise ser detective, solucionar los problemas de la gente, moverme a escondidas y espiando. El espionaje está en el temperamento de cualquier escritor. Tendría que ser una profesión con glamour y que pudiera hacer en soledad. Incluso como escritor, estoy bastante solo: no tengo agentes, no vivo cerca de otros escritores ni tengo amigos escritores. Creo que hay algo en mí del cowboy, del mítico desperado...

P.: ¿Por qué EE. UU. ejercen fascinación sobre el resto del mundo?


J.U.:
EE.UU. es el nuevo mundo, somos afortunados en nuestra geografía e instituciones, y también por la cantidad de gente que ha llegado con deseos de vivir en un mundo mejor. Según Bush jr. somos la única superpotencia. Pero nuestro poder no viene tanto de las bombas como de la cultura popular, de las hamburguesas a las películas de Spielberg. Es posible que esta cultura esté dañando las tradiciones de otros países, pero creo que el concepto que atrae es el de libertad. Tenemos más libertad que muchas naciones, aunque ésta no sea absoluta y al menos durante el siglo XX, el mundo nos vió como emblema no sólo de libertad sino también de felicidad. En muchos aspectos es una sociedad ruda y muy dura. Nueva York, ahora una ciudad herida, no sólo fue libertad e ilusión para los inmigrantes, también para muchos americanos que huían del ambiente puritano que aún se respira aquí. Y parte de la herencia puritana implica que si no tienes éxito, es por tu culpa. Existe la libertad para triunfar, y por tanto se exige el triunfo. Es un gran país para ser rico, pero muy duro si eres pobre.

P.: Las imágenes de las Torres desplomándose fueron increíbles... ¿los límites entre
realidad y ficción cree que deberían ser reconsiderados?


J.U.:
Sí, sin duda ya no es un límite tan claro. Cuando veía las Torres arder tenía que estar continuamente recordándome que aquello no era una película, que estaba pasando de verdad. Igual que sucede con esos niños que van al colegio con armas y las disparan: es la vida imitando a la ficción tal y como la vemos por TV. Es más difícil para el hombre contemporáneo distinguir realidad de ficción; por otra parte, que la ficción esté tan presente hace que minusvaloremos las consecuencias que nuestras acciones tienen en el mundo real. Me preocupa que los jóvenes que viven para sus ordenadores no lleguen a distinguir lo que es real de lo que no, lo que importa y lo que no, lo que es o no tolerable para la sociedad.

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