24 de abril 2003 - 00:00

"CERCA DE LA LIBERTAD"

Cerca de la libertad» («Rabbit-proof fence», Australia, 2002, habl. en inglés). Dir.: P. Noyce. Guión: Ch. Olsen sobre libro de D. Pilkington. Int.: E. Sampi, T. Sansbury, L. Monaghan, K. Branagh.


V uelve el director australiano Phillip Noyce a su tierra natal, y al nivel de interés de sus primeras obras. Aclaremos, lo dicho no significa despreciar su labor hollywoodense -en especial «El americano»-, sino apenas reencontrarse con otra línea de trabajo, igualmente eficiente, pero más personal, y con otro alcance emotivo.

Reduciendo esta vez los elementos en juego, desde el costo de producción hasta la cantidad de personajes y la edad (y el cartel) de sus protagonistas, Noyce nos relata ahora un pequeño e intenso drama de final casi feliz, basado en un hecho real, sobre tres niñas aborígenes que en los '30 huyeron de la misión adonde habían sido llevadas, y durante semanas cruzaron zonas cada vez más inhóspitas, en busca del solar materno. Y aquí, valga la aclaración, la palabra «cerca» puede entenderse al mismo tiempo como adverbio de lugar, y como sustantivo común: la cerca de conejos que las niñas siguieron hasta llegar a su aldea.

•Adaptación

La anécdota nos descubre un drama colectivo, el de la política de adaptación que durante décadas las autoridades australianas ejercieron sobre los nativos, arrancando a los niños de sus hogares «para protegerlos de sí mismos» y formarlos en otra sociedad. Algo similar ocurrió entre nosotros durante la conquista española. Lo impresionante es que esto haya pasado hace mucho menos tiempo, en una sociedad supuestamente más avanzada, y que el responsable de esa política se haya jubilado y muerto con todos los honores.

Pero la película no se demora en esos detalles. Le bastan, como remate, un plano de «integrados» esperando la ayuda social, al parecer ya incapaces de bastarse por sí mismos, y un breve texto a modo de cierre. Lo fundamental de la película, lo más tocante, es la aventura de esas chicas, vagando como animalitos recelosos, el suspenso que provocan sus perseguidores, la leve sonrisa de admiración de su mayor enemigo, el rastreador negro (David Gulpilil, aquel de «La última ola»), la cara de su enemigo más distante, el jefe blanco ( Kenneth Branagh, gozando su personaje), el rostro expectante de las madres, la ironía de una salvación que llega por unas razones que parecen más argentinas que del Commonwealth. Y la actuación de esas criaturas, la música de Peter Gabriel, y el Super-8 final que nos muestra a las protagonistas reales, ya viejitas, contando el epílogo de su historia.

Puede el hombre seguir en Hollywood. Pero por favor, que vuelva, cada tanto, a su tierra.

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