6 de marzo 2003 - 00:00

"CHICAGO"

Catherine Zeta Jones
Catherine Zeta Jones
«Chicago» (id., EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: R. Marshall. Int.: R. Zellweger, C.Z. Jones, R. Gere, Q. Latifah, J. C. Reilly y otros.

L a versión cinematográfica del famoso musical de Fosse, Kander y Ebb no carece de ninguno de los atractivos que le permitan convertirse en un resonante e inmediato éxito de público. El formidable sentido de espectáculo que acusa la puesta en escena de Rob Marshall está a la altura de los tiempos, con pleno dominio del timing y el ritmo que hoy requiere el cine musical, un género que pareció haber tenido su canto de cisne en los años 70 pero que regresó, tras replantear sus fundamentos, con una fuerza que habría sido difícil de augurar no mucho tiempo atrás.

«Chicago»
tiene dos de sus mayores puntales en las protagonistas. A Catherine Zeta Jones la favorece la temprana aparición en la obra del tema central, «All that jazz». Con su figura privilegiada y sus movimientos gatunos, compone a una sólida Velma Kelly, la cantante de cabaret que cae en desgracia tras su arresto, acusada de haber asesinado a su esposo y hermana. Sin embargo, y como ocurre en la ficción de la historia, pronto la eclipsa la calculadora e inescrupulosa Roxy Hart ( Renée Zellweger, en destacada interpretación, amplia en matices), la aspirante a actriz hambrienta de fama, que no vacila en despachar a su amante cuando descubre que sus promesas para llevarla a las tablas eran pura patraña.

Al lado de ambas, el tramposo abogado Billy Flynn de Richard Gere (ciertamente, un papel complicado) queda algunos pocos puntos por debajo, aun con su desempeño agradable. Tal vez, el physique du rôle de Gere, más light y elegante de lo que el papel exige, establezca esa distancia (quien haya visto una de las versiones de Broadway, con el gangsteril Jerry Orbach como Flynn, puede sentir esa diferencia).

En cambio, sensacional acierto de casting fue la elección de Queen Latifah como Mama Morton (la vigilante de la prisión), un torbellino de fuerza negra, belleza y presencia. Conocida en su país como la «Primera Dama del rap», Latifah supera largamente los límites de su papel de soporte.

•Lección

Con «Chicago», Hollywood aprendió una lección que no tuvo en cuenta la última vez que recurrió a la galería clásica de Broadway, cuando Alan Parker llevó a la pantalla «Evita», y que hoy ya suena antigua pese al relativamente poco tiempo transcurrido desde su realización, al despliegue de masas y a sus estrellas protagónicas.

La base de
«Evita» (hoy puede verse con más claridad que en su momento) estaba pasada de moda para el cine musical: un drama proclive a la melancolía, con escasas coreografías, algunas veces lento, excesivamente salpimentado de canciones y (pese a las alarmas del doctor Ruckauf) demasiado respetuoso y compasivo hacia la protagonista. El público no lo aceptó.

«Chicago»
es todo lo contrario: vertiginoso festín de cinismo, alocado, chispeante, irónico, sin un solo momento de reposo, y estupendamente balanceado entre sus partes dramáticas y musicales. Ni siquiera el papel de John C. Reilly (el marido engañado) es objeto de compasión. Sólo la codicia y el poder mueven a personajes que bailan y cantan en espacios oscuramente alegres, corruptos, titiritescos, como si se tratara de la acepción ligera de la «Mahagonny» de Brecht y Weill.

Estéticamente,
Marshall está mucho más cerca de una película como «Moulin Rouge» que de la tradición rancia del musical americano. Todo en su «Chicago» es puro artificio, y en ella confluyen no sólo el espíritu de Bob Fosse sino, sobre todo, la cultura fragmentaria del videoclip. Porque las abundantes, dinámicas coreografías de la película, están más sustentadas en la sala de montaje digital que en el set. Los rápidos cortes de edición rara vez dejan ver movimientos reales completos y, hasta en algunos casos, también el tiempo de esos movimientos se adultera en función de la imagen global de la película. Quizá Fosse no hubiera admitido esto, pero es lo que hoy manda.

M.Z.

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