6 de marzo 2003 - 00:00
"CHICAGO"
-
HBO Max estrenó la película peor puntuada de una saga que traumó a millones de espectadores
-
La intimidad como territorio de descubrimiento
Catherine Zeta Jones
«Chicago» tiene dos de sus mayores puntales en las protagonistas. A Catherine Zeta Jones la favorece la temprana aparición en la obra del tema central, «All that jazz». Con su figura privilegiada y sus movimientos gatunos, compone a una sólida Velma Kelly, la cantante de cabaret que cae en desgracia tras su arresto, acusada de haber asesinado a su esposo y hermana. Sin embargo, y como ocurre en la ficción de la historia, pronto la eclipsa la calculadora e inescrupulosa Roxy Hart ( Renée Zellweger, en destacada interpretación, amplia en matices), la aspirante a actriz hambrienta de fama, que no vacila en despachar a su amante cuando descubre que sus promesas para llevarla a las tablas eran pura patraña.
La base de «Evita» (hoy puede verse con más claridad que en su momento) estaba pasada de moda para el cine musical: un drama proclive a la melancolía, con escasas coreografías, algunas veces lento, excesivamente salpimentado de canciones y (pese a las alarmas del doctor Ruckauf) demasiado respetuoso y compasivo hacia la protagonista. El público no lo aceptó.
«Chicago» es todo lo contrario: vertiginoso festín de cinismo, alocado, chispeante, irónico, sin un solo momento de reposo, y estupendamente balanceado entre sus partes dramáticas y musicales. Ni siquiera el papel de John C. Reilly (el marido engañado) es objeto de compasión. Sólo la codicia y el poder mueven a personajes que bailan y cantan en espacios oscuramente alegres, corruptos, titiritescos, como si se tratara de la acepción ligera de la «Mahagonny» de Brecht y Weill.
Estéticamente, Marshall está mucho más cerca de una película como «Moulin Rouge» que de la tradición rancia del musical americano. Todo en su «Chicago» es puro artificio, y en ella confluyen no sólo el espíritu de Bob Fosse sino, sobre todo, la cultura fragmentaria del videoclip. Porque las abundantes, dinámicas coreografías de la película, están más sustentadas en la sala de montaje digital que en el set. Los rápidos cortes de edición rara vez dejan ver movimientos reales completos y, hasta en algunos casos, también el tiempo de esos movimientos se adultera en función de la imagen global de la película. Quizá Fosse no hubiera admitido esto, pero es lo que hoy manda.
M.Z.




Dejá tu comentario