8 de noviembre 2000 - 00:00

"Chicos ricos": las audacias que atrasan

«Chicos ricos»(Id., Argentina, 2000; hablada en español). Dir.: M. Galperín. Int.: P. Monje,I. González, V. Onetto, D. Gloria, M. Adjemián y otros.

 

“Chicos ricos” es la película que muchos directores de la generacióndel '60 habrían soñado hacer si la censura de aquellos tiempos se lo hubiesenpermitido. El problema es que está hecha hoy, pero por lo antiguo de su libro eideas, parece escrita hace 40 años, aunque su ropaje actual (o la falta de él)la asimilen a un producto de esta época. Es muy claro el intento por apropiarsede los ritos y los íconos culturales de hoy, pero la película atrasa,irremediablemente.

En su moralejabásica, «Chicos ricos» intenta demostrar que las clases acomodadas,apenas una situación límite se lo permiten, son disipadas, amorales, crueles ycapaces de una violencia que encuentra placer en sí misma, a diferencia de laviolencia de las clases sumergidas, sólo motivada por la necesidad.

Para demostrar latesis el film también echa mano, como ocurría a menudo por aquellos años, a un huisclos, vetusta forma de drama a puertas cerradas en el que los protagonistasvan revelando poco a poco, y de manera desesperada, quiénes son en lo másíntimo. El film tal vez debió haberse llamado, para que sonara más aun a aquellasépocas, «Nenes bien».

Los nenes bien del2000 son dos publicistas exitosos (Pepe Monje e Iván González),cuyas esposas están de viaje por Brasil y, al menos una de ellas, pasándolabastante bien (algo que no parece perturbar demasiado al marido, indiferenciaamoral quizá consecuencia del dinero). Ellos tampoco pierden la noche; seproveen de alcohol y drogas, y contratan a dos prostitutas, Victoria Onetto yDeborah de Corral; una aparentemente muy feliz con su vocación, la otramás acomplejada y sartreanamente respetuosa.

Al cuarteto se lesuma un quinto elemento, satelital, el mejor personaje de la película: la«dealer» Divina Gloria, entregada a su propio miniturismo interior quetendrá consecuencias no deseadas en uno de los personajes. Pero por supuesto nohabrá sexo, sólo sus prolegómenos, porque esta es una película de mensaje: laviolenta llegada de dos asaltantes a la casa, padre e hijo (Martín Adjemián yErasmo Olivera) inicia la cuenta regresiva del huis clos: primerodominan ellos, después los otros se adueñan de la situación. La demostración,como en un teorema clásico, está en marcha.

Además de lasintervenciones de Divina Gloria, el film encuentra otro de sus momentosmás destacados en los diálogos de los dos policías que hacen guardia en unpatrullero a la puerta de la casa (uno de ellos es Sebastián Boresztein),mientras adentro se desenvuelve el drama. Aunque su inclusión denota bastantemás que un «homenaje» a la escena inicial de «Pulp Fiction» entre JohnTravolta y Samuel

L. Jackson, casi al punto de tener que hacer intervenir a esospolicías si continuase el homenaje, la aporteñización de la situación esdivertida y muy lograda. No puede decirse lo mismo de la totalidad del film yde su resolución, y ni siquiera de otro guiño: la participación de DaríoVittori como un mafioso de segunda, un desperdicio para con ese gran actoren un papel de esa índole.

 

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