9 de noviembre 2000 - 00:00

"CHICOS RICOS"

“hicos ricos”plain es la película que muchos directores de la generación del '60 habrían soñado hacer si la censura de aquellos tiempos se lo hubiesen permitido. El problema es que está hecha hoy, pero por lo antiguo de su libro e ideas, parece escrita hace 40 años, aunque su ropaje actual (o la falta de él) la asimilen a un producto de esta época. Es muy claro el intento por apropiarse de los ritos y las íconos culturales de hoy, pero la película atrasa, irremediablemente. En su moraleja básica, «Chicos ricos» intenta demostrar que las clases acomodadas, apenas una situación límite se lo permiten, son disipadas, amorales, crueles y capaces de una violencia que encuentra placer en sí misma, a diferencia de la violencia de las clases sumergidas, sólo motivada por la necesidad.
Para demostrar la tesis el film también echa mano, como ocurría a menudo por aquellos años, a un
huis clos, vetusta forma de drama a puertas cerradas en el que los protagonistas van revelando poco a poco, y de manera desesperada, quiénes son en lo más íntimo. El film tal vez debió haberse llamado, para que sonara más aun a aquellas épocas, «Nenes bien».
Los nenes bien del 2000 son dos publicistas exitosos (
Pepe Monje e Iván González), cuyas esposas están de viaje por Brasil y, al menos una de ellas, pasándola bastante bien (algo que no parece perturbar demasiado al marido, indiferencia amoral quizá consecuencia del dinero). Ellos tampoco

pierden la noche; se proveen de alcohol y drogas, y contratan a dos prostitutas, Victoria Onetto y Deborah de Corral; una aparentemente muy feliz con su vocación, la otra más acomplejada y sartreanamente respetuosa.
Al cuarteto se le suma un quinto elemento, satelital, el mejor personaje de la película: la «dealer» Divina Gloria, entregada a su propio miniturismo interior que tendrá consecuencias no deseadas en uno de los personajes. Pero por supuesto no habrá sexo, sólo sus prolegómenos, porque esta es una película de mensaje: la violenta llegada de dos asaltantes a la casa, padre e hijo ( Martín Adjemián y Erasmo Olivera) inicia la cuenta regresiva del huis clos: primero dominan ellos, después los otros se adueñan de la situación. La demostración, como en un teorema clásico, está en marcha.

Además de las intervenciones de Divina Gloria, el film encuentra otro de sus momentos más destacados en los diálogos de los dos policías que hacen guardia en un patrullero a la puerta de la casa (uno de ellos es Sebastián Boresztein), mientras adentro se desenvuelve el drama. Aunque su inclusión denota bastante más que un «homenaje» a la escena inicial de «Pulp Fiction» entre John Travolta y Samuel L. Jackson, casi al punto de tener que hacer intervenir a esos policías si continuase el homenaje, la aporteñización de la situación es divertida y muy lograda. No puede decirse lo mismo de la totalidad del film y de su resolución, y ni siquiera de otro guiño: la participación de Darío Vittori como un mafioso de segunda, un desperdicio para con ese gran actor en un papel de esa índole.

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