18 de febrero 2005 - 00:00
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Franz Beckenbauer concurrió ayer al Festival de Cine de Berlín para referirse al Mundial 2006 en Alemania y la futura película colectiva sobre ese deporte.
La jornada se completó con el quinto largometraje en diez años como director del guionista francés Jacques Audiard, que bajo el título poético «De battre mon coeur s'est arreté» («De latir mi corazón dejó») esconde una historia de vida metropolitana de violencia, venganza y redención.
«A veces en abril» cae, como «Hotel Rwanda», exhibido al principio de la Berlinale fuera de concurso, justo en el décimo aniversario de un genocidio y su valor reside en su capacidad de evocar un hecho que aun pesa en la conciencia de las naciones civilizadas. La trama cuenta la historia de dos hermanos hutus separados por el odio: uno es un sargento del ejército ruandés, casado con una tutsi, que pierde a toda su familia en el genocidio, y el otro un popular animador radial que exalta a la mayoría hutu a eliminar a las « cucarachas» tutsis; diez años después, será juzgado por un tribunal internacional para los crímenes de guerra.
Sokurov, que sedujo al mundo con su brillante «Arca rusa», vuelve a los colores apagados de su trilogía histórica con este «Sol» dedicado al emperador Hirohito, que al revés que Hitler y Lenin, protagonistas de los dos capítulos anteriores, no es retratado en el momento de su muerte sino solo en el de su derrota, cuando es obligado por el general Douglas MacArthur a firmar la rendición incondicional y a abdicar de su origen divino.
Pero Hirohito no es un criminal fanático como Hitler ni uno revolucionario como Lenin, sino simplemente un títere del aparato militar más bien interesado en asegurar su supervivencia y mantener su estatus y su poder. Sokurov lo muestra como un niño incapaz de abotonarse la camisa o de abrir una puerta, contento como unas Pascuas por un regalo de cajas de chocolate e indiferente al fanatismo de sus súbditos que se suicidan por vergüenza.
Menos sombrío que « Moloch», que mostraba las últimas semanas de vida de Hitler en su bunker berlinés, y que «Taurus», donde se veía a un Lenin
paralizado en su dacia de Moscú que recibe la visita de Stalin, «Sol» se presenta como el menos abstruso de los tres e Insey Ogata hace una creación de su personaje de Hirohito, luciendo siempre esa mirada asombrada de los niños que descubren por primera vez el mundo.
Jacques Audiard, excelente dialoguista igual que su padre Michel, rehace con «De latir mi corazón dejó» un policial de James Toback de 1978, «Fingers», siguiendo los pasos de un agente inmobiliario que utiliza las maneras fuertes para desembarazarse de inquilinos molestos o de ocupantes abusivos y que se decide a dejar esta vida por la música y explotar el talento que heredó de su madre pianista.
Ayudado por un excelente Romain Duris que carga de nervios a su personaje, Audiard traza un retrato de la especulación rapaz que azota a las grandes metrópolis y muestra a uno de los verdugos que se convierte en víctima de sus propios manejos. Menos acertado que «Sur mes lêvres», su penúltimo filme, «De latir mi corazón dejó» confirma el talento de narrador de leyendas metropolitanas que Audiard se ha ganado en el cine francés.




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