26 de septiembre 2001 - 00:00
Clancy no fue el único profeta de los atentados en EEUU
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Tom Clancy.
A Forsyth, autor admirado por Margaret Thatcher, se lo criticó duramente por publicar secretos de servicios de inteligencia británicos en «La alter-nativa del diablo» y «Los perros de la guerra».
El galés Ken Follet, que trabaja con fuentes del FBI, afirmó haberse planteado «si no estaba dando pistas para que algún terrorista sepa cómo actuar».
Clancy, amigo de Ronald Reagan y autor admirado por George Bush padre, fue cuestionado por servir con sus novelas a operaciones del Pentágono, el Congreso y la CIA, donde tiene confidentes.
Brad Meltzer, que acaba de publicar «Los pasillos del poder» confesó que se documentó con miembros de la CIA y el FBI sobre sistemas de seguridad para proteger al presidente y su entorno. Se lo enfrenta por revelar información secreta que debilita, si no destruye, las defensas organizadas.
De Larry Collins se ha dicho que pertenece a la CIA, y que ha usado su amistad con jefes de Estado, sus relaciones con espías y terroristas para diseñar sus obras.
Otro debate es si, luego de lo ocurrido en Estados Unidos el 11 de setiembre, habrá más bestsellers de esas características. Los editores creen que sí, que «habrá un resurgir del género» aunque «el terrorismo ya era el tema de thrillers, luego de la caída del comunismo, pero ahora se verá potenciado».
Origen de un género
En ese sentido John Le Carré ha sostenido que «el fin de la Guerra Fría nos dejó sin nuestra mayor fuente de inspiración». En los años '80, los auto-res de bestsellers (en su mayoría anglosajones) jubilaron a espías y agentes secretos e hicieron crecer subgéneros: «tecnothriller», «thriller político», «thriller médico», etcétera.
En ellos se mezcla información detallada con fantasía y se construyen aventuras con suficiente gancho como para ser llevadas de inmediato al cine o a series de TV. Ofrecen menos literatura que un cierto «periodismo de investigación» y tesis conspirativas de tipo paranoico. Pero la dosis de información y detalles poco conocidos (como la descripción de nuevas armas que hace Clancy), es el plus que ofrecen a los lectores. Sus temas tienen bombas convencionales, armas biológicas, coches y aviones bomba, grupos terroristas (IRA, ETA, islámicos, chinos, narcos, mafias), conflictos geopolíticos, magnicidios, etcétera.
André Schiffrin, el más importante editor independiente de los Estados Unidos, declaró: «Ahora que la realidad imita a la mala literatura, la literatura debe servir para reflexionar, porque la cultura es un aside-ro en tiempos de barbarie».
Sin embargo no sólo los auto-res de bestsellers de suspenso, para Schiffrin la «mala literatura», adelantaron lo que podría ocurrir. También hay «escritores de culto», como Paul Auster.
Un caso ejemplar contra las generalizaciones clasificadoras es el del musical «Assassins», de Stephen Sondheim y John Weidman, que ya no se va a reponer en Broadway. Trata de «una persona que planea secuestrar un avión y estrellarlo en la Casa Blanca, en tiempos de Richard Nixon».
Abanico de profecías
Veamos un rápido catálogo sobre quienes imaginaron, de diversos modos, lo que ocurrió y lo que podría llegar a suceder.
Tom Clancy, en «Deuda de honor» (1995), un kamikaze japonés, por venganza personal, secuestra un jumbo y lo lanza contra el Capitolio para eliminar a la clase dirigente norteamericana. Clancy ha contado de terroristas islámicos en aviones en «Ordenes presidenciales» (1996) y en «Pánico nuclear» (1997). Terrorismo del IRA en «Juego de patriotas» (1993) y con armas biológicas en «Operación Rainbow» (1998). Su mayor error se ha dado, con la colaboración de Steve Pieczenik, en «Equilibrio de poder», de la serie «Op Center», donde planteó una guerra étnica en España, liderada por los catalanes, que se convierte en un problema mundial.
El pionero del género, Frederick Forsyth, autor de «El día del Chacal» (1971), en «La alternativa del diablo» (1989) cuenta de terroristas que secuestran un superpetrolero y en «El cuarto protocolo», de soviéticos que introducen por partes una bomba atómica en Londres.
Thomas Harris, autor de «El silencio de los inocentes», en su opera prima «Domingo negro» (1975) tiene como protagonista a un ex combatiente de Vietnam que se une a una propalestina para estallar un zepelín de Goodyear y, al no lograrlo, trata de precipitarlo sobre un estadio de fútbol.
Mark Nurnell, en «Metamorfosis de la venganza» (2000), una mujer se infiltra en un grupo terrorista islámico que planea secuestrar 12 aviones comerciales hacia los EE.UU. y hacerlos estallar con todos sus pasajeros, para imponer el terror.
Nelson DeMille, en «La estrategia del león» (1999), un terrorista libio secuestra un avión, asesina a pasajeros y tripulación, para entrar en zona de alta seguridad de los EE.UU.
Daniel Easterman, en «El último asesino» (1997), un grupo de fundamentalistas decide atentar contra el Grupo de los Siete.
Richard Preston, en «Operación Cobra» (1998), imagina un atentado de fundamentalistas con armas biológicas a Nueva York.
Daniel Silva, en «La marca del asesino» (1999), explosión de un avión que sale de Nueva York por terroristas palestinos.
Robert Ludlum, en «La agenda de Icaro» (1989), secuestro de un congresal americano por fundamentalistas islámicos.
Alistar MacLean, en «Goodbye América» (1977), musulmanes fanáticos intentan hacer explotar una bomba atómica para provocar un terremoto que hunda California en el Pacífico.
Paul Auster, también
Paul Auster, que vendrá a la Argentina para la Feria del Libro, es un autor prestigioso, que se suele calificar de «más europeo que americano». Su juego con las casualidades le dio fama. Sus películas «Cigarros» y «Humos del vecino» hicieron crecer el grupo de sus admiradores. Nadie lo señalaría como dedicado, al estilo de los autores de tecnothrillers, de adelantar conflictos políticos. Sin embargo, en «Fantasmas» (1986), una de las obras de la «Trilogía de Nueva York», un renegado de la CIA trabaja en algo turbio ligado al terror colectivo. En «El país de las últimas cosas»
(1987), en una Nueva York devastada una mujer busca a su hermano desaparecido, mientras teme que las represalias de su país provoquen una hecatombe mundial. Y en «Leviathan» (1992), un escritor se dedica a dinamitar réplicas de la Estatua de Libertad por todo el país.
En la Argentina los lectores no corrieron en busca de esas novelas (salvo «Deuda de honor» de Clancy), prefirieron seguir con las aventuras de Harry Potter o los libros de Tolkien. Y para tratar de entender lo ocurrido eligieron ensayos como «El choque de las civilizaciones» de Huntington, sobre el Islam o «El remolino» de Robert Pastor, sobre cultura norteamericana.



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