19 de julio 2004 - 00:00

Clásico de Brecht y Weill, con el Obelisco como fondo

Tras la deserción de Pepe Soriano por problemas de cartel, el elenco de «La ópera de tres centavos», encabezado por Diego Peretti, Walter Santa Ana, Alejandra Radano, Tony Lestingi, María Roji y Guillermo Angelelli, se prepara para debutar en el Teatro Presidente Alvear entre fines de julio y primeros días de agosto.

Su directora, Betty Gambartes, dice haber investigado a fondo en esta conocida pieza de Bertolt Brecht con música de Kurt Weill, cuya última versión fue estrenada en 1988 en el Teatro San Martín, bajo la dirección del regisseur Daniel Suárez Marsal, con Susana Rinaldi y Víctor Laplace. Habitualmente se la conoce en español como «La ópera de dos centavos», pero Gambartes prefirió respetar el título original de la obra («Die Dreigroschenoper») y ceñirse fielmente al libreto de Brecht traducido y adaptado por Alejandro Tantanian y Ricardo Ibarlucía.

La directora de «Discepolín y yo» decidió ubicar la acción en Buenos Aires, y para ello elaboró su propia versión dramático musical junto al músico y compositor Diego Vila (con quien ya realizó anteriormente su celebrada ópera «Orestes, último tango» estrenada originalmente en Holanda). La escenografía y el vestuario pertenecen a Jorge Ferrari, la iluminación a Roberto Traferri y la coreografía a Rubén Cuello. Dialogamos con ella:

Periodista:
Usted dirigió mucha ópera y teatro musical, pero es la primera vez que incursiona en la producción de Brecht y Weill.

Betty Gambartes: Así es, y le puedo asegurar que es mucho más complejo que trabajar con Mozart. Siempre quise hacer esta obra, pero hasta que no me puse a estudiarla a fondo no percibí la enorme complejidad que encierra, porque es un gran pastiche que reúne todos los géneros teatrales y musicales. En ese sentido es una obra muy de hoy, porque la cultura actual es un pastiche, es decir una lectura que reúne elementos de distintas procedencias.


P.:
En la obra todos los personajes son corruptos y viven de la rapiña, la estafa y el engaño, pero Brecht prefirió ubicar la acción en la época victoriana.

B.G.:Yo la trasladé a la Argentina porque creo que estamos en una sociedad devastada cultural e ideológicamente, y que adolece de una enorme frivolidad. Parece que no pudiéramos sostener un razonamiento propio o discernir si algo es bueno o malo. Vamos y consumimos lo último que se publicita o está de moda. Siempre nos manejamos por las apariencias que son tremendamente engañosas.


P.:
¿Es una versión pesimista?

B.G.: Cuando Brecht pone en boca de Mr.Peachum (el encargado de vender las licencias para mendigar): «El mundo es mierda y nada más», está diciendo lo que él mismo pensaba, que el hombre vive en una selva convertido en el animal más cruel. Pero si una persona tiene la capacidad de hacer esta denuncia no lo hace desde el nihilismo. Lo que él está denunciando es que en las actuales circunstancias el mundo es así y nada más, y que si seguimos viviendo así no habrá salida. En eso me recuerda mucho a Discépolo, es la mirada de alguien que señala justo aquello que los otros no quieren ver ni asumir.


P.:
¿Por qué convocó a Diego Peretti para el papel de Mackie Puñal no siendo cantante?

B.G.: Ante todo quiero aclarar que esto no es una ópera sino una obra en prosa con música. Brecht adaptó «La ópera del mendigo» (1728) de John Gay respetando esa denominación, pero lo que pretendía el autor inglés era burlarse de la ópera de Häendel que en esos años triunfaba en Londres. Pero, insisto, esto es teatro de prosa interrumpido por canciones. A mí me llamaron muchos cantantes del Teatro Colón para ofrecerse y yo les dije que no, que no era una obra para cantantes líricos sino para actores que cantan. Peretti antes no cantaba, pero ahora lo hace muy bien y además es un actor magnífico y de una gran entrega.


P.:
¿Qué pasó con Pepe Soriano? ¿Es cierto que se enojó porque su nombre no figuraba primero en cartel?

B.G.: Así fue. Se puso muy duro y hasta llegó a decir que él no iba compartir cartel con nadie porque en el elenco no había nadie a su altura. Entonces llamé a Walter Santa Ana, que además fue el primer Peachum que tuvo «La ópera de tres centavos» cuando se estrenó en el Teatro de los Independientes allá por el año 1958.


P.:
Mackie, el protagonista, lidera una banda de delincuentes pero se maneja como un político carismático.

B.G.:A Brecht se le ha criticado mucho esto de poner de héroe a un criminal que encima cae simpático, pero esto sirve para revelar este juego de apariencias en el que todos caemos tan fácilmente. Cuando sobre el final están a punto de condenar a Mackie a la horca se le preguntaa los espectadores: ¿ustedes lo condenarían? Yo espero que esto tenga cierto impacto en el público, porque nosotros somos una sociedad acostumbrada a que los crímenes no se condenen. Estamos tan encallecidos que ya no sabemos distinguir qué es la justicia. No tenemos capacidad de reacción. Uno lo ve cuando llega al país un europeo y se sorprende ante la injusticia de ciertos hechos a los cuales nosotros ya estamos acostumbrados. Estamos tan envilecidos que aceptamos todo lo que sea mientras conserve su apariencia agradable y no nos moleste demasiado. Es como decía Oscar Wilde, arquetipo del dandy: «Yo no pregunto si la gente es mala o buena , sólo si es agradable o no».


Entrevista de Patricia Espinosa

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