21 de octubre 2004 - 00:00

Colón: Jennifer Larmore realza un Rossini menor

Jennifer Larmore da brillo a «Elisabetta, regina d’Inghilterra».
Jennifer Larmore da brillo a «Elisabetta, regina d’Inghilterra».
«Elisabetta, regina d'Inghilterra». Drama en dos actos. Mús.: G. Rossini. Libr.: G. Schmidt. Direc. Mus.: E. Queler. Régie: M. Verzatt. Direc. Coro: A. Balzanelli. Esc.: C. Hancyc. Vest.: E. Caldirola. Luces: M. Rinaldi. Orquesta y coro Estables. (Teatro Colón).

Con el espíritu del «collage» musical y la estética del drama isabelino, «Elisabetta, regina d'Inghilterra», de Gioacchino Rossini, que se ofrece en el Teatro Colón en carácter de estreno en esa sala, pero que ya había sido conocida en Buenos Aires en los primeros meses de este año en el Margarita Xirgu, por obra de la Casa de la Opera, es una creación irregular del compositor italiano, quien con el afán de entrar al mundo de la ópera en Nápoles, en 18l5, echó mano a otros trabajos anteriores aunque también elaboró pasajes nuevos en el espacio de tres meses, para cumplir con el requisito de ser estrenada en el San Carlos.

Con ánimo autorreferencial, Rossini se cita a sí mismo en «Elisabetta» pero trasforma esos fragmentos con la genialidad que se reconoce, ya se trate de la estructura, la dinámica, la orquestación o el fraseo, logrando que lo conocido se transfigure en nuevo. No habrá de sorprender, entonces, que la ópera comience con la conocida obertura de «El barbero de Sevilla» para seguir luego con su cauce.

Arias, dúos, grandes momentos corales con sus consabidas strettas, cabalettas, cantabiles, allegros y largos redondean un típico producto «belcantista», en tanto que el argumento de Schmidt se inscribe en los dominios del romanticismo. En lo conceptual se rescata la actitud moral de Elisabetta, quien se metamorfosea y perdona a quienes creía sus enemigos. Si bien el libreto cae en los convencionalismos usados en la época, la inspiración rossiniana, la utilización fértil de sus recursos en el vocalismo de los distintos fragmentos y en la instrumentación enriquecida por la posibilidad napolitana del empleo de un número mayor de músicos mejora esta ópera ostensiblemente. La propuesta podrá ser discutida pero nunca ignorada.

La gran figura de la jornada fue la mezzosoprano estadounidense Jennifer Larmore. Su Elisabetta contó con un perfil expresivo que completó con una sabiduría musical sin decaimientos. Papel complejo en lo dramático y en lo técnico, Larmore le ofreció un registro amplio, un fraseo ágil, una brillante técnica de coloratura y un volumen adecuado a las exigencias de la partitura. Quienes la rodearon en el elenco lo hicieron con aptitud y no poco brillo, como ocurrió con Carlos Duarte, Graciela Oddone y Carlos Ullán, cada uno con momentos de lucimiento que concretaron en excelentes performances.

«Tempi» cansinos y cierta imprecisión en los ataques hubo en la concertación de la directora Eve Queler. Su dinámica no siempre pareció la adecuada y hubo errores gruesos en los aerófonos, que son atribuibles a falta de ensayos. Bien cantó el Coro Estable, y Marc Verzatt preparó una régie tradicional que narró sin sobresaltos la historia. La escenografía no tuvo un buen diseño, resultó poco funcional y además es ruidosa en los cambios de escena. El vestuario, a diferencia, ofreció calidad al espectáculo, que habrá que ver por tratarse de un Rossini poco conocido, valioso en muchos de sus aspectos y por ser la protagonista una de las más brillantes exponentes de su cuerda en la actualidad.

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