Comedia de enredos y toque oportunista

Espectáculos

(12/02/2002) «Luna gitana», de R. Halac. Dir.: R. Pires. Esc.: R. Pires y M. Nemirovsky. Mús.: F. Mizrahi. Int.: R. Serrano y S. Bosco. (Teatro del Nudo.)

Desde «Pigmalión» hasta «Educando a Rita», el tema de los hombres ilustrados cuya inteligencia seduce a muchachas simples ha servido de excusa para desarrollar una trama de la que nunca el romance está ausente.

Ricardo Halac
en «Luna gitana» se deja tentar por la historia y enfrenta a una prostituta y a un filósofo ambulante, que ofrece sus servicios a personas solitarias que ansían encontrar un sentido a sus vidas. La trama avanza dificultosamente a través de varios falsos mutis, sin que se entienda muy bien qué justifica el regreso del filósofo sui generis. Y como los personajes han sido delineados muy esquemáticamente, el conflicto no resulta convincente.

•Indefinición

Rubén Pires no define tampoco desde la dirección la intención de la pieza. Por el final, podría suponerse que se trata de un melodrama, pero los personajes no se apoyan en ese estilo y la escenografía, ideada también por Pires, participa del estilo de «las comedias de sillones», en las que los personajes actúan siempre de cara al público como en muchos productos de los así llamados «comerciales». Terminar con un cacerolazo que alcanza a verse desde una imaginaria ventana no agrega nada a la problemática sugerida por el autor y parece un recurso oportunista.

Roly Serrano
pone su simpatía al servicio del personaje, pero por momentos parece un tanto desorientado. Apenas un poco más trabajado, el papel de la prostituta brinda algunas posibilidades de destacarse a Silvina Bosco.

Los lugares comunes abundan en el texto y la dirección de Pires los hace más visibles. Tal vez intencionalmente, con el deseo de acentuar cierto costado «kitsch», pero tampoco lo remarca suficientemente. Recordando «Fin de diciembre» o «Soledad para cuatro», piezas en las que Halac diseñó con acertadas pinceladas a sus personajes, «Luna gitana» parece escrita sin convicción. Aunque tal vez al público le suceda lo que el autor sostiene en el programa de mano: «¿Esta es mi obra? ¿No me equivoqué de sala?».

Halac
tal vez acierta al sostener que «por lo menos a los autores les queda el recurso del teatro leído».

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