Cameron Díaz y Toni Collette, las hermanas incompatibles
de «En sus zapatos», film cuya fachada convencional
deja filtrar algunas buenas ideas, y tiene en su elenco
a la infalible Shirley MacLaine.
«En sus zapatos» (In her shoes, EE.UU., 2005, habl. en inglés). Dir.: C. Hanson. Guión: S. Grant sobre novela de J. Weiner. Int.: C. Díaz, T. Collette, S. MacLaine, M. Feuerstein. K. Howard.
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Films anteriores como «Los Angeles al desnudo», «8 Mile» y «Un fin de semana de locos» testimonian que Curtis Hanson es un director de esos que no se sabe nunca con qué van a salir la próxima vez. Así y todo, «En sus zapatos» es su película más desconcertante hasta el momento. Por lo menos, a primera vista.
A partir de un best-seller femenino, adaptado por Susannah Grant (la guionista de «Erin Brockovich»), Hanson describe de manera hiper convencional, la relación de dos hermanas treintañeras, que perdieron a su madre siendo muy niñas y hoy no pueden ser más contrastantes. Unas escenas paralelas grafican el contraste en el mismo inicio del film: mientras la bella Maggie ( CameronDíaz perfectamente en papel), apenas cubierta por un brevísimo vestido y a todas luces borracha, se retuerce en un baño con un semi desconocido, su desvalorizada hermana Rose (la eficaz Toni Collette) trata de fotografiar al hombre que «increíblemente» se llevó a la cama para tener una prueba de esa hazaña. Y esto es sólo el principio.
Además de linda, o por eso mismo, Maggie es una especialista en parasitar al que se cruce, empezando por (y terminando en) Rose, que además de «fea», vive sumergida en su trabajo de abogada a falta de entretenimientos más agradables que la constante irrupción de Maggie para complicarle la vida a tiempo completo.
La presentación de estos estereotipos, que incluyen un padre más bien ausente y una insufrible madrastra, lleva bastante más tiempo del necesario, y cuando ya se empieza a temer que esta larga sitcom no va a ir a ningún lado, aparece una abuela que lo modifica todo. Para las dos hermanas (Maggie, en primer lugar), porque su inclusión en la historia le da otro sentido a sus vidas, y para el espectador porque la interpreta la infalible Shirley MacLaine.
En esta segunda parte, también rebosante de clichés, aparte de reír casi todo el tiempo y llorar bastante, se comprende que todo esto está hecho adrede. Como si esta vez Hanson se hubiese hecho construir una fachada de comedia sentimental y de enredos exageradamente hollywoodense, para poder filtrar él otras ideas.
Principalmente, la posibilidad de cambiar por amor (o mejor dicho porque a uno lo aman), pero con la aceptación propia y del otro como condicion sine qua non subyacente.
Como emergente de esa familia, Maggie produce los cambios más espectaculares (que van mucho más alla de pasar de no poder leer una frase de corrido a recitar a e.e. Cummings), pero todos los demás deben revisar a su tiempo los prejuicios y creencias que le dejó a cada uno haber elaborado la misma pérdida en soledad y, en la mayoría de los casos, con las mejores intenciones.
En el elenco, impecable, se destaca también Norman Lloyd, como el viejo profesor ciego que consigue el primer milagro en Maggie, a la vez que funciona de portavoz de Hanson en su habitual valorización de la palabra escrita como herramienta de cambio.
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