Como director de guiones propios y también como guionista de otros directores (participó en las versiones fran-cesa y hollywoodense de «La jaula de las locas»), Francis Veber trata con humor directo temas que destilan buenas intenciones. ¿Correspondientemente?, sus comedias son éxitos formidables en Francia. Sin ir muy lejos, en 1998, «La cena de los tontos» marcó una especie de récord, superado ampliamente este año por la presente «El placard». Claro que, en este caso, es dable atribuir parte del mérito a un elenco impactante (y en su mayoría, desperdiciado), integrado por Daniel Auteuil, Gérard Depardieu, Michel Aumont, Jean Roche-fort, Thierry Lhermitte y Michel Laroque.
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Al revés de «La jaula de las locas» (o «... de los pájaros», según el origen de la versión), donde los homosexuales debían aparentar heterosexualidad por presiones sociales, el protagonista de «El placard» es un heterosexual que finge ser homosexual para no perder el trabajo. Como en varias películas anteriores de Veber, incluyendo «La cena de los tontos», el protagonista ( Auteuil) se llama Francois Pignon y es uno de esos hombres tan grises y aburridos que sólo despiertan rechazo a su alrededor. Para empezar, se lo ve siendo expulsado de la foto en un acontecimiento laboral y pronto es posible enterarse por boca de dos compañeros que cuchichean en el baño de que también está a punto de quedar afuera de la empresa. El se entera al mismo tiempo, ya que estaba dentro de uno de los cubículos, justo como el espectador estaba esperando. Después llama a su ex mujer, pero ella no lo atiende, pregunta por su hijo y éste tampoco responde. Un perdedor.
Por suerte, tiene un nuevo vecino (Michel Aumont) que le explica que en tiempos de corrección política, ninguna empresa -que, para colmo fabrica y vende preservativos-se arriesgaría a marginar a un empleado por su condición sexual. Así es como, el pesado de Pignon se convierte en una celebridad entre sus compañeros de trabajo y, sin quererlo, también en victi-mario del troglodita jefe de personal (Gérard Depardieu, obligado a una macchietta imperdonable). Todo mediante una serie de enredos módicamente graciosos hasta que lo que ya era previsible se vuelve directamente obvio.
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