Mal puede exigírsele fidelidad histórica o purismo literario a Hollywood cuando ni los investigadores más serios, en debates académicos inacabados, han llegado a establecer la identidad definitiva del personaje histórico de Homero, una entidad a la que se le atribuye un vasto corpus de poemas de tradición oral, compuestos a lo largo de 300 años. Se sabe, por ejemplo, que entre «La Odisea» y «La Ilíada» ha mediado casi un siglo.
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La película «Troya», pues, es un magnífico entretenimiento inspirado en «La Ilíada» que, seguramente, hace con el texto original lo mismo que ese Homero de la leyenda habría hecho en sus noches griegas: adaptar intencionadamente el relato al gusto de su auditorio.
La diferencia más notable entre el clásico y esta versión es su ateísmo: el guión ha borrado la totalidad de los dioses que aparecen activamente en «La Ilíada». Ya no hay un Olimpo con divinidades que favorecen o castigan a tal o cual personaje, que forman bandos y alianzas, que entregan armas, que guían flechas, que engendran semidioses o que deciden la suerte de los humanos. Su inclusión, desde luego, habría transformado radicalmente tanto la estética del film (lo acercaría más a películas como «Furia de titanes», en la que Laurence Olivier hacía de Zeus) como su intención política.
Esta «Troya», con un Aquiles demasiado humano y un Agamenón en cuyo retrato deben haber rondado, lejanamente, las facciones de George W. Bush, se vale de la leyenda del secuestro de Helena por parte de Paris-como el pretexto ideal para los planes expansionistas del ambicioso rey de los aqueos. Para el marido engañado Menelao, la pérdida de su mujer es dolor y humillación; para Agamenón, algo parecido a denunciar la presencia de armas de destrucción masiva en Troya, que justifiquen su sitio. A fin de mantener coherencia y ritmo narrativos, la película de Wolfgang Petersen también distorsiona, sin culpa alguna, la historia de sus personajes. Quien más pierde es, sin duda, el legendario Agamenón. La historia del rey es muy distinta de lo que se ve en el film e inspiró, entre muchas otras obras, nada menos que a «Hamlet». Agamenón fue muerto por su esposa Clitemnestra y el amante de ella, Egisto, y posteriormente vindicado por su hijo Orestes. En la película en cambio lo mata un personajesecundario como Briseia. Ni la muerte de Menelao, ni la de Aquiles por Paris en su famoso talón, ni todo el episodio del Caballo de Troya aparecen en «La Ilíada» (lo del caballo se cuenta, como referencia secundaria, en el canto VIII de «La Odisea»). Desde luego, el público no habría perdonado su omisión. Personajes como Néstor, Ayax y Eneas sólo aparecen fugazmente, aunque les fue mejor que a Diomedes, Idomeneo o Antímaco que ni siquiera figuran. Tampoco está la pitonisa Casandra, que aunque no es personaje de «La Ilíada» tiene un papel fundamental en las leyendas cuando anticipa la llegada del caballo. Eso sí, el amor de Aquiles por Patroclo se cuenta, en el siglo XXI, con iguales eufemismos que en el 350 antes de Cristo (está en juego la imagen de Brad Pitt, a quien sólo se lo ve acostarse con mujeres).
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