21 de junio 2001 - 00:00

Con la fuerza del mismo Goya

Con la fuerza del mismo Goya
Tras dos años de espera, al fin llega a nosotros esta obra de hispánico vigor e impactante visión. A tono con el espíritu del retratado, Francisco de Goya y Lucientes, el realizador Carlos Saura y el fotógrafo Vittorio Storaro (de nuevo en yunta, después de la excelente «Tango») desarrollan aquí una exposición de madura energía, vocación cultural e ingenio artístico pocas veces vistos.

Rostros, espejos, pasillos, gente espiando, bailarines y pesadillas, y también teatro, música, proyecciones luminosas y algunas frases célebres envuelven aquí al orgulloso octogenario, magistralmente encarnado por el gran Francisco Rabal, que sólo se ablanda con su hija de la vejez. A ella le contará sus amarguras frente a la bajeza de los encumbrados y la falsedad de los revolucionarios, y también le contará sus alegrías ante la cultura popular, la naturaleza y la pintura de Rembrandt y Velázquez.

Impresionan, en ese sentido, los encuentros del viejo artista con sus pesadillas. Igual que en otra película de Saura, «La noche oscura», sobre San Juan de la Cruz, el alma sensible no inventa de sí misma, sino que recibe como una revelación superior aquello que le es dado volcar luego en sus papeles o sus lienzos. En estado de gracia para el místico preso, y en noche de angus-tia para el patriota exiliado.

Así, vemos surgir los crímenes de guerra, corporizados por La Fura dels Baus, pero también el luminoso panorama de unas mujeres que juegan en el prado, y la duquesa de Alba, en este caso, a cargo de Maribel Verdú, con un maravilloso juego de miradas (y algo más, por supuesto). Semejantes recursos expresivos, la habilidad para reproducir en otras disciplinas el arte del retratado, y la inmensa y tierna grandeza de Rabal, así como la precisión de José Coronado representándolo en su juventud, son logros que van de interesantes a conmovedores, y el público los agradece.

Un ejemplo, apenas al comienzo: una sola toma en tonos rojos, prolongada, crecientemente intensa, con imágenes que surgen como texturas, hasta ir definiendo la cabeza y, luego, el cuerpo de un toro, entre cuerdas, baldes y manchas de sangre, en un paseo de la cámara con fondo de violín y castañuelas, hasta que el animal es levantado, quedando casi como la figura de un sacrificio cruel e ibérico, y de pronto...

Bien, no es cuestión de dejar al lector sin el placer de la sorpresa, sino apenas prevenirlo acerca del tipo de sorpresas que lo esperan en esta película hecha por verdaderos artistas, en una espiral (la figura que el propio Goya usaba para definir la vida, una espiral) que irá creciendo hasta los negros y los rojos más terribles, y hasta el encuentro de los blancos intensos y la sombra. Vale la pena verla en pantalla grande.

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