«El día que me quieras», de J. Ignacio Cabrujas. Dir.: J. Baccaro. Esc.: P. Sarmiento e I. Castro. Il.: D. Zapietro. Cor.: D. Petroni. Vest.: P. Aldalur. Int.: R. Terranova, L. Manso, M. Pasik, M. Moyano, R. Carrara, R. Monti,A. Rico. (Teatro Nacional Cervantes.)
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Una casa solariega de Caracas, alberga a tres hermanas, cuyas semejanzas con las protagonistas del drama de Chéjov son llamativas. La mayor, como Olga, tiene un trabajo rutinario; la segunda, como Masha, un amor desdichado; la tercera como Irina, sueña con hacer de la vida algo hermoso y elevado.
Es claro que las hermanas de «El día que me quieras», de José Ignacio Cabrujas sueñan sueños más pequeños que sus modelos. Sueños que parecen realizarse cuando Carlos Gardel en persona las visita después de su actuación, visita que por un momento transforma la casona en una especie de palacio. Este instante no variará el curso de sus vidas, pero les dará algo a qué aferrarse: un momento de efímera y modestísima gloria que les iluminará para siempre el corazón.
La pieza es gentil, nostálgica y bondadosa, elementos que la puesta de Julio Baccaro tiene el buen tino de rescatar. El director ha sabido sacar partido del impecable diseño de los caracteres y todo el elenco se desempeña de manera excelente.
La escenografía de Patricio Sarmiento e Inés Castro responde adecuadamente al estilo costumbrista, al igual que la iluminación de Daniel Zapietro otorga un tinte de irrealidad que le confiere por momentos las características de un sueño.
«Hay que vivir», dice una de las hermanas, resignada como la Sonia de Chéjov. Y no es casual que pronuncie la misma frase. «Hay que vivir», a pesar de todo, vivir modesta y decorosamente mientras se espera un milagro que tal vez nunca llegue. A veces, inventándose una esperanza como lo hace María Luisa, excelentemente interpretada por Rita Terranova que aprovecha al máximo su personaje un poco ingenuo y apasionado. Como lo intenta Elvira, una entrañable Leonor Manso. Aunque sea disfrazando una casi mendacidad detrás de proyectos irrealizables e inventados, como en el caso de Pío Miranda, destacable labor de Mario Pasik. O el tío Plácido, capaz de entusiasmar como un niño, un querible Miguel Moyano.
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