«Balzac y la joven costurera china» («Balzac et la petite tailleuse chinoise», Francia, 2002, habl. en chino). Dir.: Dai. S. Guión: Dai S. y N. Perront. Int.: Chen K., Liu Y., Zhou X., Wang S., Cong Z., Xiao X.
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C orre 1971, la Revolución Cultural sigue causando estragos y dos jóvenes chinos, hijos de buenas familias, son llevados a «reeducarse» en un pueblo perdido de las montañas, entre cerdos y mineros al mando de un jefe comunista bruto y malhumorado. Contra lo que pueda suponerse, esto no es exactamente un drama, ya que los muchachos se las ingenian para ver chicas semidesnudas, reírse del jefe, incluso torturarlo, robarle sus preciadas novelas a un falso converso, etc. Sobre todo, se las ingenian para «reeducar» a una linda adolescente, nieta del sastre local.
También contra lo que pueda suponerse, esta película dirigida y actuada por chinos, ambientada y filmada en intransferible paisaje chino, hablada en chino y volcada a un asunto históricamente chino... es una producción enteramente francesa. Hecha, en cierta medida, al gusto francés, tanto en la elaboración del relato y de la imagen (director de fotografía: Jean-Marie Dreujou), como en la fascinación por una declarada supremacía cultural europea.
Frente a la famosa Revolución Cultural, que fue una reverenda burrada, los chicos enarbolan la música de Mozart y Beethoven y los libros de Balzac y Stendhal, bienes universales que el maoísmo prohibía. Los libros se leen a escondidas, pero traen consecuencias públicas, propias de una novela: es un disparate precioso que el sastre se inspire en Dumas para hacer la ropa de verano de las campesinas. Pero el ancla que pone de adorno en esos vestidos, sin darse cuenta simboliza muchas cosas. Tampoco los muchachos advertirán a tiempo el alcance que tiene para la chica esa caja de Pandora llena de pensamientos y de mundos que hay en cada libro.
Otros disparates (por ejemplo, cuando hacen un torno dental) deben aceptarse y disfrutarse como lo que son. La película está ilustrando un best-seller parisiense, de esos que se leen con agrado y nariz parada en el subte o la playa. Sólo que en este caso hay una base semibiográfica. Dai Sijie, el autor tanto del libro como del film, vivió y padeció esa época. Si la cuenta de ese modo, es quizá porque ahora, con el paso del tiempo y los cambios de ambiente, puede suavizar los recuerdos amargos y darle un brillo especial a las anécdotas de juventud. Y también debe haber algo de china amabilidad con los espectadores, y con la censura de su país natal, que autorizó la filmación recién después de que el autor humanizó un poco la figura del jefe comunista. Doble censura, si se quiere, pero el resultado es agradable.
A destacar, el refinamiento fotográfico, gratamente paisajista, y el refinamiento sexual en la escena de la pareja haciéndose el amor en el agua, o en la escena de las jovencitas bañándose, un toquecito voyeurista cercano al David Hamilton de comienzos de los '70, con sus lentes envaselinados.
Detalles: Según lo que se oye en la película, los chinos dicen «Balzaque» por Balzac, «Chipling» por Kipling, y woaini por «te quiero». De este último, hay que cerciorarse primero. No sea que los subtítulos nos engañen y recibamos una cachetada.
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