5 de febrero 2026 - 14:57

Cuando la identidad está en estado de sitio

“Aún es de noche en Caracas” convierte el colapso político venezolano en una terrorífica experiencia íntima para narrar la supervivencia en tiempo presente.

Natalia Reyes, protagonista de Aún es de noche en Caraccas, de Mariana Rondón y Marité Ugás

Natalia Reyes, protagonista de "Aún es de noche en Caraccas", de Mariana Rondón y Marité Ugás

Hay películas que cuentan una historia y otras que, con una historia mínima, se sostienen en una atmósfera. “Aún es de noche en Caracas”, de Mariana Rondón y Marité Ugás, pertenece a esta segunda categoría; esa elección formal no es accidental: la película se instala en una temperatura emocional, y de allí no se mueve.

Basada en la novela de Karina Sainz Borgo, el film sigue a Adelaida (Natalia Reyes) después de la muerte de su madre, con quien comparte nombre, en una Caracas que ya no es espacio social sino territorio en ruinas. La ocupación de su vivienda por milicias chavistas, la fuga al departamento vecino, el hallazgo del cadáver de la vecina, la española Aurora, y la posterior apropiación de su identidad no operan como hitos narrativos clásicos sino como estaciones de una deriva interior. El film no progresa, orbita en la interioridad de su protagonista. Su movimiento dramático consiste en permanecer en el mismo estado de tensión, como si la experiencia histórica que describe hubiera suspendido la posibilidad de desarrollo. La fotografía acompaña con sus oscuros casi permanentes, sus imágenes de "colectivos" y vandalismo, los flashbacks (un tanto tópicos) sobre tiempos mejores y felices.

Ese gesto, y el ambiente en el que resuena, nos toca de cerca. El primer cine político argentino posterior a la dictadura ha trabajado sobre la persistencia del trauma, como lo hizo “Garage Olimpo”, y ha convertido la representación del miedo cotidiano, la sospecha y la fragilidad doméstica en una tradición estética reconocible. En la película de Rondón y Ugás esa tradición encuentra un espejo desplazado: lo que en la Argentina se revisitó desde la memoria aquí se experimenta como presente. La cámara observa cómo la violencia política (el film transcurre en 2018 y se rodó el año pasado, antes del secuestro de Nicolás Maduro por los comandos de Donald Trump) penetra lo íntimo, cómo el hogar se vuelve territorio inseguro y cómo la identidad deja de ser una certeza para transformarse en una herramienta de supervivencia. La identificación opera menos en el plano ideológico que en el sensorial, en la textura del miedo.

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La noche sin fin en la ciudad del terror: una escena de "Aún es de noche en Caracas"

La noche sin fin en la ciudad del terror: una escena de "Aún es de noche en Caracas"

Exploración de la pérdida

La película ha sido definida por sus propias directoras como una exploración de la pérdida en múltiples niveles —del afecto, del país, del lugar en el mundo— y esa perspectiva define su estética. “No queríamos explicar la crisis sino hacer sentir lo que significa habitarla”, dijeron en distintas presentaciones públicas, subrayando que el proyecto nace de la necesidad de traducir experiencia antes que tesis. Esa decisión la distancia del cine político y la aproxima, por un lado, a una tradición latinoamericana donde la intimidad funciona como prisma histórico, y por el otro al film de terror.

Caracas aparece fragmentada, casi fuera de foco, construida desde interiores y sonidos antes que desde una geografía reconocible, como si la ciudad fuese más memoria que presencia. La estructura narrativa acompaña ese enfoque: secuencias breves, percepción subjetiva, progresión emocional antes que causalidad dramática. La apropiación de la identidad de Aurora que ejerce Adelaida para obtener, por parte de la familia madrileña, los euros que necesita para comprar el pasaje y huir —que en otro contexto sería clímax— aquí se inscribe con frialdad, como un gesto inevitable más que heroico o fraudulento a la vez.

Pero, reiteramos, el elemento que otorga a la película una dimensión crítica singular no reside solo en su forma sino en su contexto material. A diferencia de buena parte del cine latinoamericano que revisita dictaduras desde la distancia histórica, esta obra fue concebida y realizada mientras el régimen venezolano seguía en el poder, en un escenario político caracterizado por denuncias internacionales de autoritarismo, fraude electoral y represión del disenso.

Esa contemporaneidad altera la lectura ética del film: no es memoria ni reconstrucción sino inscripción de presente. Las limitaciones para filmar en territorio venezolano condujeron a una producción con rodajes en el exterior, y la participación de artistas emigrados. Caracas se vuelve espectral porque es reconstruida desde el exilio creativo; la fragmentación visual refleja tanto la subjetividad de la protagonista como las condiciones reales de producción.

Ese rasgo la emparenta con otras obras latinoamericanas surgidas en contextos de crisis, películas que trabajan con la imposibilidad material como recurso expresivo, pero también la separa del cine argentino postdictadura, donde la temporalidad retrospectiva permite estructurar narraciones de reparación simbólica. Aquí no hay reparación posible porque la historia no ha concluido. La noche del título no funciona como metáfora retrospectiva sino como estado vigente. El film se sitúa así en una zona difícil para el espectador: no ofrece clausura ni catarsis. La identidad usurpada no implica liberación sino supervivencia precaria; la ciudad no se restituye; la trama no resuelve.

La recepción crítica internacional ha destacado precisamente esa cualidad, señalando su capacidad para traducir el colapso político en experiencia sensorial antes que discurso argumentativo (lo cual es cierto). Algunos observadores han cuestionado la opacidad contextual; otros la han valorado como una forma de evitar el reduccionismo ideológico. En ambos casos, el consenso gira en torno a su potencia de climas.

Al finalizar, la película no deja la impresión de haber concluido un relato sino de haber atravesado un estado. Esa persistencia emocional constituye su logro principal y su gesto político más valioso: filmar mientras la historia aún ocurre, asumir la incertidumbre en lugar de domesticarla, convertir la fragilidad del presente en forma cinematográfica.

No es una obra que ilumine retrospectivamente la oscuridad; es una que acepta filmar dentro de ella. Y tal vez por eso su imagen final no sea la de una ciudad ni la de una fuga, sino la de una identidad que debe abandonarse para seguir existiendo —una metáfora que, al resonar en distintas memorias latinoamericanas, recuerda que la noche histórica rara vez termina de disiparse.

“Aún es de noche en Caracas” (Venezuela-México, 2025). Dir.: Mariana Rondón y Marité Ugás. Int.: Natalia Reyes, Moisés Angola, Samantha Castillo, Edgar Ramírez.

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