Una imagen de «34 metros», bello espectáculo creado y dirigido por Luciano Suardi y Diana Szeiblum, con un estupendo trabajo de iluminación de Gonzalo Córdova.
Con una asistencia de más de 10.000 espectadores, concluyó el III Festival Buenos Aires de Danza Contemporánea, que a lo largo de once días ofreció en distintas sedes un grupo importante de espectáculos, algunos de los cuales, reseñamos a continuación.
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En el Centro Cultural San Martín, «Todo lo verde que se extiende, mi amor», con coreografía y dirección de Viviana Iasparra (y bailado por ella misma junto a Javier Rardizzani, con el auxilio eficaz de la iluminación u la escenografía de Betina Robles) es un largo dúo de amor, en el que se ve a una pareja en acciones cotidianas desde amasar el pan a hacer el amor de las más variadas formas. Como en la mayoría de las obras del festival, la preocupación plástica y la investigación espacial ocupan un lugar fundamental, quizá con un peso superior a la expresión de sentimientos o el intento de profundización en lo espinoso de las relaciones de pareja. Iasparra y Radrizzani, como intérpretes, intachables.
Al inicio de «34 metros», dirigido por Diana Szeiblum y Luciano Suardi se observan luces en el fondo del túnel. Luego, del espacio en sombras se comienza a percibir a una pareja. Movimientos pendulares, idas y vueltas en el largo pasillo (de 34 metros) de unos de los laterales del centro de experimentación del Colón. De eso se trata. Los directores experimentan con el espacio escénico, con las luces (gran trabajo de Gonzalo Córdova), con las relaciones de esta pareja que recorre el campo despejado. Se intuye una búsqueda amorosa y una actividad sexual, pero lo que importa a los realizadores, parece ser, prioritariamente es el efecto plástico sobre la percepción sensible del espectador que no sólo recibe estímulos visuales sino también sonoros en una simbiosis realmente fascinante. Los bailarines Noelia Leonzio y Lucas Condró, Claudio Peña en violoncello y Ulises Conti, autor de la música y operador electrónico conforman un equipo muy eficaz para la transmisión de las ideas de ambos directores embarcados en dilucidar la trascendencia de lo que ellos llaman «la medida de las cosas».
En el Centro Cultural Recoleta se vieron, juntas, «Torito» de Oscar Araiz, y «Sin ir más lejos» de Soledad Pérez Tranmar. Con reminiscencias de la estética de «Boquitas Pintadas», de Manuel Puig, una obra anterior, Oscar Araiz se adentra ahora en la literatura de Julio Cortázar. «Torito» adapta para la danzateatro el cuento sobre el boxeador atribulado que vive y muere sin comprender demasiado bien cuál es su destino como hombre que pelea. Una interesante banda sonora de Rudnitzky con fragmentos del texto y ruidos aproxima al espectador al mundo del Torito de Mataderos. Efectivo, en sus breves 20 minutos, el trabajo posee una buena interpretación de Cristian Setien y su partenaire, Leo Dysen. «Sin ir más lejos» (35 minutos), parece más el fragmento de una obra mayor que una propuesta independiente. Pérez Tranmar maneja el espacio, el silencio, la música y el movimiento con destreza y resuelve con belleza esta suerte de «pas de trois» moderno.
Para cerrar el III Festival, Ana María Stekelman repuso en el Teatro San Martín su reciente «Lentejuelas» y estrenó su versión de «Bolero» de Ravel. Con una estética y una danza muy Maurice Béjart, la artista resolvió con nuevas ideas y con la perfección técnica de su compañía Tangokinesis esta nueva mirada a la obsesiva partitura de Ravel, para la que se valió hasta de algunos pasos de malambo y contrastes entre melodía y ritmo realmente atractivos, tanto como las excelentes luces de Posemato y un raro vestuario de Renata Schussheim.
En síntesis, todas obras que volvieron a demostrar el grado de calidad y madurez de la danza contemporánea argentina.
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