De libro perfumado a film inodoro

Espectáculos

«El perfume-Retrato de un asesino» («Perfume: The Story of a Murderer», Alemania-Francia-España, 2006; habl. en inglés). Dir.: T. Tykwer, Int.: B. Wishaw, A. Rickman, D. Hoffman, Rachel Hurd-Wood.

Durante muchos años, el novelista Patrick Süskind se negó a venderle los derechos de su novela «El perfume» al cine. Lo bien que hacía. De todas las novelas infilmables, tal vez «El perfume» tenga las razones más valederas para serlo. «El nombre de la rosa», por ejemplo, estaba condenada de antemano a quedarse sólo en la cáscara al ponérsela en imágenes (tal lo que ocurrió en la versión de Jean-Jacques Annaud). «El perfume» predecía un grotesco de proporciones monumentales. ¿Cómo fotografiar la historia de un hombre inodoro que mata mujeres para extraerles su esencia y fabricar perfumes?

El mismo productor de ambas películas, el alemán Bernd Eichinger -hombre obstinado en llevar best sellers de calidad a la pantalla, con elencos internacionales y directores de prestigio-, doblegó la buena voluntad de Süskind y le arrancó un contrato. Así se materializó «El perfume-La película», una astracanada de duty free shop, con una escena final que se merecería la Frutilla de Oro sin retaceos.

Ambientada en el Paris prerrevolucionario (época trágica para el cine, a sólo dos semanas de la «María Antonieta» de la señorita Coppola), «El perfume» reproduce la curiosa historia de Jean-Baptiste Grenouille, el hombre que buscaba el aroma perfecto. Nacido en un mercado oloroso, sobreviviente de casualidad al abandono de su madre sobre el empedrado frío y el pescado en putrefacción, el joven Jean-Baptiste terminará convertido en el Mozart de los aromas. Desde luego, las rutinarias mezclas de esencias no le bastan: el ansía crear la sinfonía Júpiter de los perfumes, el non plus ultra de la odorización. Y sólo intuye esa posibilidad en el extracto de bellas doncellas, a las que masacra sin piedad para capturarles, con los métodos convenientes, su propio perfume. Es patético: cuando se lo ve al desdichado Jean-Baptiste oler con desesperación el cuerpo de las futuras víctimas, uno puede llegar a imaginar el mismo impulso en los creadores de esta película, que se han de haber pasado años olisqueando el libro de Süskind sin lograr extraerle su imposible perfume.

Dustin Hoffman, ay, interpreta al maestro perfumero Baldini. Empelucado, con esa nariz suya tan prominente que tal vez involuntariamente guió al responsable de casting, a él le toca una de las escenas cúlmines de la película: oler en carne propia el primer preparado de Grenouille (interpretado por el lánguido Ben Whishaw), todavía pre-humano: los circulares movimientos de la cámara lo captan en éxtasis, con un extraño fondo de madreselvas, arbustos y pétalos de toda laya.

Hace mucho tiempo, el bizarro John Waters filmó «Polyester», una película incalificable que se anunció como la primera en «Odorama». A los espectadores se les entregaba una tirita con distintas cápsulas aromatizadas, que debían ir abriendo a medida que lo indicaba el film (los malos olores predominaban). El director Tom Tykwer, sí, el mismo de la notoria «Corre, Lola, corre», no recurrió a tal argucia, pero mucho no le faltó...

Y la escena final... Es difícil sustraerse a la tentación de relatarla, pero no sería justo.

Baste con apuntar que Alan Rickman, otro gran actor que necesita ganarse el pan cotidiano, aparece en medio de la multitud como el único que desafía a la hipnosis colectiva, pero no por mucho tiempo. Su gesto recuerda, hasta entonces, el del viejo cuento del león sordo que devora al mono músico que venía seduciendo a la manada. Rickman, hasta ese momento, parece el único personaje resfriado.

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