Veinte años atrás una película con Toulouse Lautrec, el Moulin Rouge y la decadencia parisiense bailando el cancán al ritmo de canciones de Nirvana o T. Rex hubiera sido considerada vanguardista. Hoy este sobrecargado musical es aceptado perfectamente por el mismo público masivo que antes la hubiera abandonado al gueto de los fans del cine de culto.
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Es probable que la fórmula de la eficacia de «Moulin Rouge» sea controlar incansablemente todo vestigio de temor al ridículo. Al lado de los alocados excesos de Luhrman en su último y simpático engendro, los delirios menos sutiles de Ken Russell alcanzan el ascetismo de Dreyer o Bresson. El mismo «auteur» que condenó a Shakespeare con un film más parecido a un clip de Rupaul que a una adaptación de «Romeo y Julieta» ahora mezcla la violencia visual y sonora de los momentos más estrafalarios del clásico contracultural de los Sex Pistols, «The Great Rock & Roll Swindle», con la chatura y contundencia comercial de «Fama», de Alan Parker.
Lo bueno es que Luhrman jamás intenta tomarse en serio su fábula romántica revestida con toneladas de decorados dementes, efectos visuales tan deslumbrantes como innecesarios, anacronismos de todo tipo y un sentido totalmente naïf del humor y de los desenlaces dramá-ticos. Con un poco más de garra, por ejemplo potenciando un poco más al personaje de Toulouse Lautrec ( John Leguizamo, sólido como siempre), animándose a incluir la dosis de sexo y sordidez que necesita una historia ambientada en un burdel, el resultado hubiera sido auténticamente memorable.
Nicole Kidman tiene una sola escena realmente erótica. Luego se enamora, y su cortesana, que sueña con actuar, se vuelve menos intensa de lo que prometía en un principio. Pero donde la película no se queda nada corta es en explosiones visuales elaboradas a la perfección, demostrando que los efectos digitales no sirven sólo para los dinosaurios.
Si bien no hay mucha sustancia bajo la superficie, el frenético caleidoscopio de Luhrman no da tiempo a reflexionar demasiado: la desmesura kitsch es casi como un remedo hipertecnológico de las legendarias coreografías de Busby Berkeley que funciona especialmente bien cuando está acompañado por fragmentos de canciones de David Bowie o Madonna (precisamente dos momentos sin desperdicio son números musicales de «Héroes» y «Like a Virgin».
Claro que la mezcla de canciones es de lo más heterogénea, y no siempre los chistes musicales dan en el blanco, del mismo modo que las canciones originales de David Foster no siempre logran el mismo efecto que un estribillo de Kiss en un momento inesperado.
Sintetizando, «Moulin Rouge» es un producto que puede provocar sentimientos opuestos en cada espectador, con un rango lo bastante amplio como para pasar de la carcajada y la emoción al hartazgo. Quien vaya a verla preparado para lo peor saldrá con una sonrisa, buen humor, y apenas un ligero dolor de cabeza.
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