10 de enero 2001 - 00:00

De terror, pero con estética refinada

Escena de Almas perdidas.
Escena de "Almas perdidas".
«Almas perdidas» («Lost Souls», (EE.UU., 2000, habl. en inglés). Dir.: J. Kaminski; Guión: P. Gardner, B. Stahl; Int.: W. Ryder, B. Chaplin, S. Wynter, P. Baker Hall, E. Koteas, J. Hurt, J. Diehl.

Esta es la clase de película que se aprecia o se desprecia sin términos medios. Tiene una contra: se supone que pertenece al género del terror, subgénero exorcismos, sub-subgénero del diablo a punto de reencarnarse. ¿Cuántas películas de este tipo se han visto en los últimos 25 años? ¿Y a qué clase de público le gustan?

Pues bien. No es para esa clase de público. Fanáticos del gore y el mainstream, abstenerse. Sin escenas repulsivas, sin despliegues imponentes, sin ritmo trepidante, sin grandes efectos especiales, «Almas perdidas» es sólo para seguidores de un terror más bien sicológico, y estético.

Esto último es lo más logrado, especialmente gracias a la fotografía de Mauro Fiore, que envuelve todo con una tonalidad muy especial, decolorando azules y marrones, trabajando más bien tonos sepiados o verdosos, con lo cual hace extraños e inquietantes los paisajes urbanos más comunes. Se entiende, el director de la película, el debutante Janusz Kaminski, fue antes director de fotografía de Steven Spielberg, e incluso logró un par de Oscars en esa labor. También la música es destacable, aunque en este caso por su discreción, ajena a las estridencias y los «anticipos» tan propios del género.

Y hay momentos que valen por sí solos: el encuentro de los protagonistas frente a un ventanal recorrido por el agua, una charla frívola que termina en tiro y descoyuntamiento, la aparición de ciertos personajes circunstanciales (por ejemplo, un peligroso criminal e inmediatamente después un cura que se le parece bastante), y también un par de escenas hiperbólicas, vividas o más bien sufridas por la protagonista, Winona Ryder, pobre docente de escuela católica, muy allegada a un cura exorcista, tratando de evitar que el diablo encarne en un escritor a punto de cumplir 33 años.

Lástima que también haya algunas manchas: cierto deleite en el efecto por el efecto mismo (ralentados, flashbacks propios de un clip musical, etc.), un tono demasiado controlado (Kaminski pareciera cercano a los cortes y las sugerencias expresionistas de Andrzej Zulawski, el de «La tercera parte de la noche» y «Poseída», pero éste lo hacía todo en una especie de estado febril, que acá falta), y... también sería bueno algo más de sustancia. La historia tiene sus caídas.

Eso sí, el final es realmente coherente con la obra, y capaz de mover a discusiones de variado tipo, lo mismo que el principio, con un epígrafe supuestamente tomado del Deuteronomio, algo acerca de un hombre nacido de incesto, que a los religiosos puede ponerles los pelos de punta, aunque, dicho sea de paso, en Internet hay uno que a partir de ese mismo párrafo anda anunciando «Paz, luz, alegría y bendiciones para todos en nombre de Iarrúshua, el verdadero y original Mesías. ¿Quién es nuestro real Creador, cuál es su verdadero Nombre?», etcétera. Eso sí que es de terror.

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