Cecil B. DeMille,
patriarca de Hollywood:
su biografía, en dos
horas, era una de las
más esperadas en la
muestra, pero sólo se
exhibió la primera parte.
Este año, el público del Bafici escapa a mitad de función menos que otras veces, pero todavía se dan casos. Por ejemplo, con la argentina «Samoa», una experimental de imágenes abstractas hechas con super-8 pasado a video y luego a 35 mm., realmente muy buen trabajo, y verdaderamente independiente, pero el autor hubiera sido Gardel si en vez de presentarlo como un largo de 70 minutos lo fragmentaba y mostraba (a uno por mes) siete cortos de diez minutos cada uno.
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En cambio, ayer el público se quejó de otra clase de fragmentación, cuando descubrió que había sido programada sólo la primera mitad de un trabajo sobre Cecil B. DeMille. Se mostró la primera parte de su vida, en un documental que, tal como decía la grilla, duraba 60 minutos. Pero los clientes se abalanzaron sobre la boletería con el catálogo en la mano, que decía 120. En efecto, la segunda parte quizá se vea el año próximo. «De aquí no me voy hasta no verla completa», protestaba un conocido distribuidor. No le prestaron atención. ¿Cuánto tiempo puede vivir alguien a popcorn y pizzetas, que es lo único que le darían de comer?
Más quejas, esta vez de los seguidores del terror: «Silent Night Deadly Night III», de Monte Hellman, parece filmada por Antonioni, tan lenta y metafísica se hace. Y el dibujo chino «McDull, príncipe de La Bun» aburre un poco, aunque en la promoción figure como «por encima de las mediocridadesde Pixar y Disney», lo que es mucho decir. Más quejas todavía, por la comedia de John Waters «A Dirty Shame», sobre una chica que por un golpe en la cabeza se vuelve ninfómana y anda todo el tiempo excitada, pero no pasa nada (a diferencia del chico Capicúa, recordada historieta de Mazzone, que cada vez que le pegaban en la cabeza les ganaba a todos).
Y quejas de todas partes, en fin, por la comedia chileno-argentina «Mi mejor enemigo», sobre los preparativos bélicos de 1978. Unos, porque se programó una sola función. Y otros, de izquierda, porque los militares que aparecen son todos buena gente. El teniente chileno le dice al subordinado, como un ruego, «Vuelva sin novedad», y en vez de una arenga patriotera reza un padrenuestro con su tropa. Y el sargento primero argentino es directamente un tipazo que está de vuelta de todo. Película chiquita, discutible por otros aspectos, pero que valía la pena mostrar más veces.
Atención hoy a «Caso Cañete», documental ya visto en Mar del Plata, cuyo registro de un crimen individual anunciaba los desbordes que finalmente ocurrieron en Coronda, y pueden volver a ocurrir. También para prestar atención, dos obras realmente importantes sobre el terrorismo: la anglo-irlandesa «Omagh», de Peter Travis, que partiendo de un hecho real denuncia el falso compromiso de jueces y políticos para esclarecer la verdad, y «Ahora el paraíso», de Hany Abu-Assad, sobre dos jóvenes suicidas que se preparan para un ataque kamikaze.
Para espíritus artísticamente tortuosos, en cambio, la animación de pintura sobre vidrio de Caroline Leaf, con una versión de «La metamorfosis» y otros cuentos parecidos, incluyendo uno que alguna vez dobló Hugo Guerrero Martinheitz para «Caloi en su tinta».
Y, como una casualidad propia del cine, mientras el Vaticano anuncia el ungimiento del nuevo Papa, el Bafici está dando casi un ciclo de películas de un modo u otro favorables al aborto. El tema aparece hasta en una cinta iraní, donde la mujer anuncia que se hará uno aunque el marido se oponga, pero eso ya escapa a los dominios de monseñor Ratzinger.
Así también le escapa la rara espiritualidad del coreano Kim-Ki-Duk, con «La chica samaritana» (una prostituta complaciente), y «3-Iron». Como a su vez el público le escapa a otra oriental donde representan detalladamente el despellejamiento de un condenado, vieja costumbre china que aquí se revive en blanco y negro para que sea más soportable a la vista.
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