6 de agosto 2002 - 00:00

Diego Torres, ante todo, un buen showman

Presentación de «Un mundo diferente». Actuación de Diego Torres (voz, teclado). Con D. Ferrar (batería), P. Saltzman (bajo), P. Etchevery (teclados), L. Cardoso y D. Amaya (guitarras), R. Nant (trompeta), F. Calahorrano. (Dir. mus.), J. Mokdad (percusión), M. Bachor y A. Batista (coros). Invitados: Valentino Jazz Bazar, Los Nocheros, Ulises Di Salvo y otros. (Luna Park, 1 al 5 de agosto; repite el 9/8).

Es probable que ninguna de las canciones que interpreta Diego Torres -ni las de su nuevo álbum «Un mundo diferente» ni las de sus discos anteriores que se han transformado en hits-se conviertan en temas clásicos de la música popular argentina. Sus melodías reiteradas casi siempre con estribillos pegadizos, sus rítmicas recurrentes que circulan entre el reggae, la salsa y el flamenco, sus letras de mediano vuelo poético -siempre con el «tú» que permite su exportación latinoamericana-, sus enormes concesiones al pop más conocido, y su limitada capacidad como cantante, achatan su mensaje, en el que predomina la temática amorosa aunque hay algunas escapadas hacia la ecología y lo social. Pero, a diferencia de muchos de sus colegas, que forman parte de eso que los medios y el mercado reconocen como «baladistas latinos», Diego Torres es incuestionable en la realización de su producto. Siempre se rodea de buenos arregladores y productores; su banda, siempre numerosa, es altamente profesional y sus coreutas merecerían un párrafo aparte por su talento. Sin embargo, Torres -o Diego Caccia, como figura en la ficha técnica del programa de mano-tiene otra virtud que termina de completar un cuadro muy atractivo para sus fans y reconocido hasta por quienes no comparten su estilo. Su sencillez, su simpatía, su facilidad para relacionarse con el público y hasta para aquietar los gritos de los miles de chicas que llenan varios Luna Park, lo ponen un escalón por encima de la media general. Bromea con su estatura, imita la tonada cordobesa, se pone serio cuando algún tema lo requiere, sonríe pícaramente como no creyéndose del todo cada cosa que dice -especialmente cuando se trata de canciones románticas-, no tiene empacho en compartir el escenario con artistas de otras músicas (la Valentino Jazz Bazar, Los Nocheros) y maneja a la multitud a su antojo.

Con estos recursos, en medio de la pobreza y la recesión, puede darse el lujo de llenar durante cuatro noches el Luna -y agregar otro el viernes próximo-y de alcanzar la cifra de 80.000 unidades vendidas para su último álbum.

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