27 de marzo 2003 - 00:00

Disparos con astucia y algo de manipulación

Escena del film
Escena del film
«Bowling For Columbine-Una nación bajo las armas» («Bowling For Columbine», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Docudrama de y con Michael Moore.

N o hace ni una semana, el nombre de Michael Moore era prácticamente desconocido para el gran público fuera de los EE.UU. Una pequeña legión de fieles seguía por cable su programa «The Awful Truth» desde que HBO, a principios de los 90, difundió su largometraje «Roger & Me», aguda y chispeante investigación sobre el cierre de la General Motors en Denver. Su diatriba al recibir el Oscar y la segunda guerra del Golfo hicieron todo lo demás.

Desde luego, sólo la fórmula Moore podía convertir en espectáculo brillante a una película sobre el cierre de una automotriz: el repentinamente famoso rival de George W. Bush es una mezcla de Larry King con Benny Hill, un egotista hábil, obstinado, mordaz, inteligente, tan demoledor para demostrar lo que se propone cuando encuentra pruebas, como pícaro para acomodar la realidad a sus opiniones cuando no las tiene.

Moore
pertenece a la antigua estirpe de los sofistas, aquellos elegantes razonadores que obtenían una reacción inmediata de su auditorio a través de la persuasión y la seducción. Esto no significa que las ideas que se propone transmitir no sean, en muchos casos, ciertas: únicamente que para lograrlo no tiene pruritos en retocar algunos datos, o inducir a través de interpretaciones, y no de hechos, para allanar el camino de su exposición. Moore es un gran productor de efectos, tan conocedor de la psicología del público como Hitchcock.

Esto le ha redituado cada vez más fans (en Francia es un ídolo desde el festival de Cannes del año pasado) y, a la par, una buena cantidad de críticos de su método, sobre todo entre los documentalistas «serios» que consideran que su cine amenaza el género no sólo por el humor (que predispone al espectador a tomar partido más rápidamente) sino, sobre todo, por aquellos pequeños fraudes.

«Bowling For Columbine»
es el mejor ejemplo de la fórmula Moore: una película deslumbrante, tan divertida como grave, acerca de lo que Moore considera la enfermiza afición del pueblo norteamericano por las armas y su inexplicable sensación de vivir en amenaza, que suele traducirse en asesinatos inmotivados. Lo guía una única pregunta: ¿cuál es la razón de esta peligrosa pasión nacional? Ese es el interrogante que le transmite, sin obtener respuesta, a la mayor parte de sus entrevistados, aunque sí logra una variada galería de momentos macabros, graciosos o patéticos.

El inicio de la narración en off le da la clave a la totalidad del film: «Esta es una mañana como cualquier otra en America. El lechero llevó la leche a las casas, las familias desayunaron con cereales, el padre salió a trabajar, y el presidente bombardeó un país de Medio Oriente cuyo nombre hasta es incapaz de pronunciar».

En su frondosa e imaginativa recorrida por esa pasión letal, Moore toca puntos muy sensibles en la memoria colectiva y enlaza datos, insólitos o no, con puras interpretaciones: saca un plazo fijo en un banco que recompensa a sus clientes con rifles, entrevista al hermano de uno de los responsables del bombardeo al edificio federal de Oklahoma (un auténtico «psycho» de catálogo), inquiere entre los aficionados al tiro los motivos por los que se arman, se remonta a los tiempos del Ku Klux Klan al que vincula, astutamente aunque sin excesivas bases, a la fundación de la Asociación Nacional del Rifle. De manera más humorística que convincente, también relaciona «leyendas urbanas» con el racismo: por ejemplo, una supuesta invasión de abejas de procedencia africana.

Sin embargo, donde la película se pone más grave (el abrupto cambio de clima es otra de sus destrezas) es en la investigación que le da el título al film: Columbine es la escuela secundaria donde dos alumnos mataron a otros doce y a una profesora.
Moore reconstruye el episodio de manera escalofriante y con material real; sus entrevistas son emotivas, fuertes. Obtiene una pequeña victoria (logra que la cadena de supermercados K-Mart deje de vender balas), y ubica este episodio en el contexto de su discurso: una nación agresiva.

¿Es verdad, en cambio, que Canadá es un Edén de puertas abiertas enfrentado al infierno estadounidense (más allá de que en su recuento estadístico de muertes anuales pase por alto la demografía de cada país)? ¿Procede correctamente cuando aniquila sin piedad al amante de las armas
Charlton Heston? (algunos han denunciado a Moore por adulterar, en la edición, el momento en que el veterano actor dio un discurso en la Asociación Nacional del Rifle, donde lo hace aparecer como soberbio e impiadoso, y que habría sido el resultado de pegar dos discursos distintos dados en diferentes circunstancias y separados en el tiempo).

Son temas de debate. Lo innegable es que el género del «docudrama» (que no el documental) ya no es el mismo después de la explosiva aparición mundial de
Moore, con el pequeño espaldarazo de su archienemigo en la Casa Blanca.

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