12 de enero 2001 - 00:00

Divierte De Niro como un suegro fundamentalista

Escena del film.
Escena del film.
«La familia de mi novia» («Meet the parents», EE.UU., 2000, habl. en inglés). Dir.: J. Roach. Guión: J. Herzfel y J. Hamburg. Int.: R. De Niro, B. Stiller, T. Polo, B. Danner.


Ben Stiller
parece estar condenado a vivir los peores desastres por el amor de una mujer y siempre con la misma cara, además. Pero si sus padecimientos en «Loco por Mary» parecían insuperables, espere a ver todo lo que le sucede a su personaje, Greg, cuando va a conocer a su futura familia política, en este film del mismo director de «Austin Powers».

Aunque la aerolínea en la que se traslada de Chicago a Nueva York empieza por perderle la valija (un mal muy actual), las humillaciones siguientes obedecen a dos razones: el infernal futuro suegro (Robert De Niro) y su propia desesperación por agradarle. Tarea difícil esta última, como se comprende en el mismo instante en que se miran por primera vez.

Jack Byrnes
, el padre de la novia, es un fanático que tiene a la familia y aledaños bajo un régimen literalmente militar (hay razones, pero el aspirante a yerno las desconoce, para su mal) y es evidente que Greg dista mucho de reunir los requisitos que un hombre como ése tiene en mente para su primogénita. Más allá de la obvia posesividad rayana en lo enfermizo de este tipo de pater familiae, naturalmente. De modo que llevarle de regalo una planta exótica es sólo su primer error.

Pronto se verá que en un ambiente en el que abundan las cámaras ocultas y hasta es posible ser sometido a un detector de mentiras, todo él es un cúmulo de errores. Los principales: tiene un apellido que suena obsceno en inglés (Focker, traducido a «fornika» en los subtítulos), es enfermero («¿por qué no médico?»), fuma («mi padre considera eso un signo de debilidad») y odia a los gatos, cuando Jack adora al suyo porque, a diferencia de los perros, «éstos no se someten». También es judío, detesta los deportes, miente cuando se asusta o se avergüenza, etcétera.

A cada elemento de esa lista le corresponde puntualmente un gag en la película. Algunos son bastante negros y en general desopilantes, gracias a un guión que combina muy bien la devastadora torpeza de Greg con la incorrección política -cuando no crueldad-de su oponente. Lo que quiere decir que todo cierra por más surrealistas que sean las situaciones. Que las hay en cantidad.

Eso por una parte, porque el otro pilar de este film cuya efectividad va disminuyendo hacia el final, es Robert De Niro. El logra que el fundamentalismo de su personaje incomode al espectador casi tanto como a su víctima de la pantalla, al tiempo que con sus gestos de villano de historieta lo hace estallar en carcajadas. Lo que es hasta un alivio, porque si no fuera así, no sería una comedia sino una película de terror, directamente.

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