De todas las obras de Fedor Dostoievski, «Crimen y castigo», en primer lugar, y «El idiota», en segundo lugar, han sido las más llevadas al cine. De esta última hay por lo menos cinco versiones, desde la francesa «El príncipe idiota», con el intenso Gérard Philipe preguntándose con sonriente tristeza, en el vano de una puerta: «Ah, ¿por qué la gente es tan mala?», o la versión de Akira Kurosawa, ambientada en Japón, o la más fiel, de Ivan Pyriev, aunque infielmente rebautizada «Nastasia Filipovna», hasta una reciente versión hindú, y la que ahora vemos, checa, ambientada en nuestros días.
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El protagonista ya no es un príncipe, sino un muchacho de apariencia desarmante, que por ciertas razones la familia se sacó de encima, mandándolo al asilo, y que ahora vuelve, todavía lleno de inocencia, sin maldad, pero a punto de descubrir la maldad que hay en su familia, en su pueblo, en su generación. ¿O no es tan inocente? A veces los locos resultan más lúcidos que los cuerdos. En todo caso, y aunque ciertas actitudes suyas tengan alguna pizca de secreta malicia, el chico parece mantener su pureza. Además, en comparación con el resto...
Lo bueno -entre muchas cosas buenas que tiene la película-, es que el adaptador y director Sasa Gedeon no se apoya en los aspectos más novelescos de la obra original, sino que coloca a su personaje en la mera cotidianidad de una gente que no manifiesta mayores aspiraciones, ni siquiera materiales, pero tan egoístas, engañosas y dañinas como las de aquel texto. El joven Gedeon es bastante ácido con sus contemporáneos, y sabe pintarlos.
Otros méritos del film se encuentran en un libro incisivo, que mantiene el interés casi a todo lo largo de la historia, un elenco excelente, una fotografía «normal» pero agobiante (Stefan Kucera, hijo del memorable experimentalista Jaroslav Kucera, y de la directora Vera Chytilová), una música entre burlona e incómoda, y, cada tanto, detalles como la presencia de un tipo con portafolios, mirando todo sin participar en nada, como una especie de alcahuete perdido de otros tiempos, o un burócrata todavía en funciones, con mirada inocente.
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